Lo viejo y lo nuevo de Google Art Project

A esta hora ya no es noticia que el pasado primero de febrero Google lanzó un nuevo sitio: la plataforma Google Art Project. La idea, se dice, es digitalizar cuantas obras de arte sea posible y colgarlas en internet para que los usuarios puedan contemplarlas. Por lo pronto ya se exhiben allí las reproducciones digitales de 1,061 piezas –obra de 486 artistas y provenientes todas de los acervos de diecisiete museos estadounidenses y europeos: el Hermitage, el Metropolitan, el Rijksmuseum, el Reina Sofía, el Palacio de Versalles… También se ofrece al visitante la posibilidad de “explorar” virtualmente algunas salas –hasta ahora 385– de dichos museos y de “crear y compartir su propia colección de obras maestras”. La calidad de las reproducciones, casi sobra decirlo tratándose de Google, no es cualquier cosa: algunas imágenes tienen hasta siete billones de pixeles y uno puede hacer tal zoom sobre ellas que, de pronto, la obra desaparece y emergen detalles inesperados –las imperfecciones del lienzo, las cuarteaduras del óleo, un cabello adherido a un grumo de pintura.

Uno anticiparía una experiencia fascinante. Al fin y al cabo cómo no arrobarse: hay obras formidables, pintores extraordinarios, inmejorables reproducciones digitales. Además, a estas alturas uno ya no puede echar de menos el aura en las copias de obras de arte: está claro que no solo el original es disfrutable. Y sin embargo, y a pesar de todo, no es fácil fascinarse ante este proyecto. Por una parte, todo parece un poco provisional: la colección es todavía pequeña, los “paseos” por los museos son cortos y tortuosos y solo unas pocas reproducciones alcanzan los gigapixeles tan presumidos por Google. Por otra parte, hay pocas sorpresas, escasas novedades. Hace ya tiempo que varios museos ofrecen justo esto, recorridos virtuales por sus salas y reproducciones digitales de sus obras emblemáticas, y que uno puede encontrar en línea copias de las obras aquí reunidas. Ahora bien: el problema no es que no haya nada realmente nuevo en Google Art Project. El problema es que, por detrás de la fachada de novedad, se cuela una concepción bastante tradicional, y no poco excluyente, del arte.

De entrada habría que preguntar: ¿por qué estas obras y no otras? ¿Por qué –digamos– James Whistler y no José María Velasco? ¿Por qué tanta pintura y tanto impresionismo –por ejemplo– y tan poca fotografía y tan pocas vanguardias? Está claro que Google tiene derecho a elegir las piezas que quiera y a montar una muestra tan arbitraria como desee. Lo curioso es que juegue a la inocencia: que asegure no tener sesgo alguno y de ese modo pretenda hacer pasar como natural y obvia una muestra parcial y subjetiva. En el breve texto que acompaña a las imágenes Google declara: la empresa es solo un medio y son los museos los que deciden qué piezas han de digitalizarse. Agrega en otro lado: este es apenas el principio y pronto estará en línea una colección más amplia. De un modo u otro Google sostiene un par de nociones conservadoras: la idea de que existen intermediarios transparentes, desprovistos de ideología, y la certeza de que allá afuera hay un canon irrefutable de obras maestras y ellos pueden limitarse a copiarlo. Pues bueno: está claro que Google no es un vehículo neutral –es una empresa privada, tan situada e interesada como cualquiera– y que adopta una postura en el momento mismo en que se involucra con ciertos museos y presenta ciertas piezas como obras maestras. Por otro lado, ni siquiera hay que coincidir enteramente con las teorías críticas (poscolonialismo, estudios de género, queer studies) para advertir que tal cosa, el canon, es una construcción histórica que, bajo su disfraz de universalismo, oculta sesgos culturales y económicos. No sobra subrayarlo: lo que uno encuentra, y encontrará, en Google Art Project no es Arte, así nada más, sino una visión particular de la producción artística.

Para ser más precisos: uno se topa aquí con reproducciones de obras concretas. Todas ellas se presentan del mismo modo: solitarias en pantalla, desprendidas de la institución de la que forman parte. Es cierto que cada obra está indexada de acuerdo con el museo a que pertenece y que uno puede ver, a través del “paseo” virtual, la pared en que está colgada. Pero también es verdad que nada de eso alcanza a sugerir siquiera la experiencia física de ir a un museo, atravesar su puerta y recorrer las salas, normalmente imponentes, de la institución, la cual no solo alberga las obras sino que las resignifica. Como advirtió Walter Benjamin en La obra de arte en la época de la reproducción mecánica, las copias pueden capturar la imagen de la obra pero no su duración, no sus vínculos con un espacio, no su estar dentro de un museo. Esto, ya se sabe, tiene la ventaja de desprender a las obras del lugar en que se encuentran y de llevarlas a sitios que de otro modo no hubieran alcanzado. El problema es que una cantidad enorme de piezas –sobre todo contemporáneas: readymades, instalaciones, performances…– solo existen dentro de un espacio particular y solo significan al interior de la institución del arte. ¿Para qué querríamos contar, por ejemplo, con una reproducción digital del urinario de Duchamp, o de una escultura de Richard Serra, cuando la tensión no está ahí, dentro de la pieza, sino afuera, en el modo en que se relaciona con el museo o, sencillamente, con el mundo? Dicho de otro modo: este proyecto, con sus imágenes de alta resolución, le va mucho mejor a la pintura que a todas las demás disciplinas artísticas. Entonces ¿por qué Google no fue modesto y llamó a esto, qué sé yo, Google Painting Project y dejó la palabra “arte” para proyectos más plurales?

Al final Google Art Project representa una vuelta: una vuelta al arte retiniano. Ya se sabe que buena parte de la producción artística del siglo XX se batió contra ese arte, hecho para ser contemplado, y propuso piezas y acciones que debían ser pensadas o experimentadas o radicalizadas por los espectadores. De hecho esa distinción, artista/espectador, terminó por perder nitidez y el espectador, antes limitado a observar, fue invitado a participar. Aquí, sin embargo, uno no participa: uno mira. Aquí las obras –convertidas en meras imágenes– no invitan a participar: imponen la contemplación. Para eso, para contemplar detalladamente, es que uno puede acercarse tanto a las imágenes. Para eso, para contemplar y no dejar de contemplar, es que uno puede hacerse de una ¡colección virtual! y regresar una y otra vez a sus obras predilectas.

Se antoja decir que Google Art Project desactiva a los espectadores. Pero eso depende, en última instancia, de los espectadores mismos. Uno puede mirar esta colección de obras digitales y sentirse satisfecho, como si en verdad ya conociera la obras, o uno puede observar las imágenes y experimentar, en vez de saciedad, deseo. De ver más. De traspasar la pantalla. De experimentar de otro modo.

(Publicado en El Ángel, Reforma, 27 de marzo, 2011)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s