Ampliación del campo de batalla: crítica literaria y medios digitales

Se oye decir demasiado seguido que la crítica literaria está en crisis. Se escucha que su tiempo –una supuesta época en la que los críticos habrían dominado y definido el gusto literario– ha llegado a su fin y que es ya otro el escenario, no uno saturado de revistas y suplementos culturales sino de dispositivos digitales por medio de los cuales miles, no, millones de personas opinan incansablemente sobre asuntos literarios. Incluso hay valientes que ya han fijado la fecha de defunción de la crítica literaria: el 18 de septiembre de este año, el día de la muerte del crítico alemán Marcel Reich-Ranicki, el “último de los grandes críticos”, se agrega. ¿Es necesario decir que la mayoría de estos lamentos suelen ser proferidos desde publicaciones impresas y por autores respaldados por obras publicadas o títulos académicos? ¿Hay que añadir que acostumbran representar a los usuarios de internet, a los blogueros, a los tuiteros, en términos nada amigables, a veces como mero ruido, otras como un peligro, de pronto como enemigos?

Quizá también sobre aclarar que este proceso, el de la irrupción de nuevos actores en la discusión, no es exclusivo de la crítica literaria ni, para el caso, del campo literario. Se sabe: de unos años para acá está en curso una intensa transformación de la esfera pública en diversas sociedades y, casi por carambola, una profunda redistribución del trabajo intelectual. Dígase globalización o digitalización de la cultura: el hecho es que la esfera pública se ha expandido y que millones de hombres y mujeres han emergido de pronto en la conversación pública y empujado, con ese solo acto, un nuevo reparto de la voz y la autoridad y la palabra. Desde luego que todo esto no ha estado exento de conflicto ni de violencia simbólica y que ha roto todo consenso estético que pudiera haber subsistido. En el caso que nos ocupa, la emergencia de miles de individuos que escriben –con más o menos frecuencia, con más o menos impacto– sobre libros y autores en blogs y redes sociales ha dado lugar a esas tensas situaciones de conflicto que Jacques Rancière ha llamado desacuerdos. Un desacuerdo no es un mero malentendido que ya se resolverá cuando los actores crucen sus argumentos. No es tampoco un diferendo radical, un desencuentro de opiniones irreductibles. Por el contrario: la forma típica del desacuerdo, como indica Rancière, es esa en la que una persona dice blanco y otra dice blanco y sin embargo no se entienden. En este caso: esas situaciones en las que un crítico, por ejemplo, escribe que una obra es válida, o que un autor es vanguardista, o que un libro se inscribe en determinada tradición cultural, y un bloguero escribe prácticamente lo mismo, y sin embargo uno y otro no terminan de comprenderse. El crítico no entiende del todo por qué ese tipo, sin credenciales ni publicaciones previas, opina públicamente –y con tal seguridad– sobre asuntos literarios, mientras que el bloguero no reconoce la autoridad que el crítico reclama sobre esos temas.

A estas alturas conocemos bastante bien la estrategia de muchos intelectuales cuando sienten desafiada su autoridad en la discusión pública: se obstinan en marcar de nuevo una frontera entre ellos y los demás, una distinción entre su habla y la de los otros, entre su saber y el de los otros. Los hemos visto: aseguran que su discurso está colmado de razón y ciencia mientras que el de los otros, afirman, es apenas opinión y afecto. Los hemos escuchado: señalan que es saludable, y hasta emocionante, que la gente opine sobre literatura pero a la primera oportunidad ya deslizan que esas opiniones son eso, meras opiniones, y que provienen al fin y al cabo de lectores amateurs que carecen de formación académica, desconocen en mayor o menor grado la tradición literaria y están demasiado expuestos a la publicidad de las grandes corporaciones editoriales. Acaso la declaración más emblemática al respecto sea hasta ahora la del inglés Peter Stothard, editor del Times Literary Supplement y presidente del jurado del premio Booker. Escribió Stothard no hace mucho: “Los blogs están ahogando a la crítica seria, en perjuicio de la literatura.” Añadió con un dejo aristocrático: “Es maravilloso que haya tantos blogs y sitios de internet dedicados a la literatura, pero ser un crítico es una cosa muy distinta a solo compartir el gusto propio. No todas las opiniones valen lo mismo.”

Desde luego que en el orbe hispanoamericano, donde los fantasmas de Rodó y Ortega y Gasset continúan diseminando su orgulloso elitismo, y donde Mario Vargas Llosa viaja y viaja y viaja sermoneando sobre el peligro que internet representa para la “alta cultura”, no escasean las declaraciones en ese tono. Tres ejemplos:

Habla Jorge Aulicino, poeta y periodista argentino: “No hay una democratización de la crítica sino de la opinión. No creo que la opinión de la crítica pueda ser anulada por la opinión de los lectores.”

Habla Juan Antonio Masoliver Ródenas, escritor y crítico español: “Hay blogs y revistas digitales excelentes… Pero nada impide ahí la improvisación, el amateurismo, el narcisismo, y confundir criticar con destruir.”

Habla José María Pozuelo Yvancos, catedrático de literatura comparada en la Universidad de Murcia: “Ningún suplemento cultural llama a cualquiera para que hable según le parezca de literatura, sino que los buenos se han rodeado de expertos, han reclamado el concurso de quienes saben hablar el idioma literario.”

Lo primero que hay que decir es que esos argumentos son, en más de un sentido, falsos. Es mentira que el discurso de los críticos y académicos sea objetivo y esté libre de emoción y subjetividad e ideología y que el de los otros carezca de racionalidad y sustento. Es también mentira que solo los críticos estén familiarizados con la tradición literaria y, para el caso, que solo las lecturas historicistas, atentas a las circunstancias sociohistóricas en que fueron producidas las obras, sean válidas y fértiles. Es mentira, por último, que los lectores que hoy participan en el debate por medio de internet no tengan experiencia alguna comentado libros. Una noticia para los distraídos: desde hace siglos, desde que los textos circulan masiva e incontrolablemente, la práctica de la lectura ha estado asociada a la de la escritura. Dicho de otro modo: son legión los lectores que acompañan su lectura con algún tipo de escritura (subrayados, asteriscos, notas al margen) y son todavía más los que acostumbran compartir con otros (en casa, en el colegio, en el café, en el bar) sus ideas e impresiones sobre lo que han leído. Así que no: el lector no es un aficionado, ni un ignorante desprovisto de referentes estéticos, históricos y sociales contra los cuales valorar sus lecturas, ni un pobre diablo ajeno al logos y condenado al blando terreno de la doxa.

Todavía más importante: debajo de esos argumentos con los que no pocos intelectuales intentan desestimar a los nuevos actores se oculta un severo desprecio por la democracia. Hay que ver: primero se obstinan en marcar una raya entre su saber y el de los otros, entre su discurso y el de los demás, sin importarles que con ello dividan el mundo en seres más y menos racionales, con más y menos verdad, con más y menos autoridad. Una vez hecho esto, ya desprestigiado el adversario, van aún más allá y se atreven a privatizar lo común, a exigir una cierta propiedad sobre los relatos y signos literarios, que son de todos y de nadie, no más de unos que de otros, y que están ahí, expuestos, sin instrucciones, para que cualquiera los ocupe y utilice a su manera.

Ahora bien: ¿qué hacer? ¿Qué postura adoptar ante las circunstancias actuales? ¿Hacer como algunos intelectuales y desdeñar a los cibernautas para de ese modo salvar al crítico y mantener su primacía en el debate, o, por el contrario y como quiere Rancière, aceptar la igualdad de inteligencias y de esa manera negar toda autoridad del crítico sobre los demás lectores? Esa es la cuestión: ¿o marcar distinciones entre unos y otros saberes, entre unas y otras personas, o no hacerlo y enfrentar las democráticas consecuencias del tal desorden? Si me preguntan, es necesario actuar de manera doble: hay que defender y hundir al crítico al mismo tiempo; hay que proteger su oficio, su función, sus recursos, sus protocolos, sus espacios, pero no su autoridad ni su pretendido privilegio epistemológico. En otras palabras: es necesario, por una parte, defender –contra los enemigos de las humanidades– la supervivencia de esos hombres y mujeres que, ya desde la academia o dentro del campo cultural, se dedican a escribir sobre literatura y a actualizar los archivos literarios; por la otra, es hora de que los críticos renuncien, renunciemos, a nuestros viejos e injustos privilegios, ahora ya anacrónicos, propios de una época en la que solo unos pocos publicaban y no de un tiempo en el que millones de personas pueden autopublicarse. Esto digo: sigamos haciendo lo que hacemos, escribir sobre literatura, pero sabiendo que otros millones hacen ya lo mismo, en otras instancias y con los recursos a su disposición, y que no podemos reclamar prerrogativa alguna, ni exigir un estatuto especial para nuestras creaciones, ni privatizar para nosotros y nuestros colegas lo que es de todos. Tampoco es que importe demasiado si autorizamos o no lo que otros lectores hacen: no necesitan nuestro consentimiento para seguir haciéndolo.

Piénsese en este congreso: un grupo de personas, en su mayoría hombres, en su mayoría blancos, en su mayoría trajeados, perorando, con una autoridad ganada quién sabe dónde, sobre la lengua que millones de mujeres y hombres usan y reinventan allá afuera. Piénsese en el Instituto Cervantes, en la Real Academia Española y en sus asociaciones nacionales: instancias de control –diría Foucault– que se oponen a la proliferación de discursos y se obstinan en regular y gestionar algo, la lengua, que nada más no les pertenece. Justo de manera contraria imagino la discusión literaria: intensa, encendida, conflictiva, autorregulada, sin instancias de control. No una comunidad de críticos y académicos sino un espacio de conflicto en el que críticos, académicos, escritores, periodistas, blogueros, tuiteros y lectores puedan hacer de pronto equipo para avanzar juntos, y contra otros, sus poéticas, sus ideas estéticas, sus agendas políticas. No un congreso entre pares sino un campo de batalla, un amplio campo de batalla. 

(Ponencia leída hoy en el VI Congreso Internacional de la Lengua Española, Panamá 2013.)

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6 pensamientos en “Ampliación del campo de batalla: crítica literaria y medios digitales”

  1. Quizá lo que demanda tu propuesta es una considerable dosis de responsabilidad, compromiso y, sobre todo ¡creatividad!, con esa práctica crítica que viene tanto de la academia y el ámbito cultural, como de blogs y Twitter. A mí me parece que eso falta a veces en algunos miembros de cualquiera de ambos bandos. La crítica no es menor ni paralela a escribir el poema, filmar la película o construir el edificio. ¿No tenía Borges esa idea de que por cada diez personas que generan un efecto estético hay una capaz de analizarlo?

  2. No es necesario obligarnos a mucho si nos enseñan a hablar. Hackear el lenguaje es romper con el caduco cuento de la educación neutral, objetiva y noble. Me gustó mucho tu ponencia, Lemus. Abrazo.

  3. Rafael, siempre te he admirado porque me pareces un buen crítico fuera de lo común. m e gusto mucho esta critica, esta muy completa. Un abrazo.

  4. De acuerdo con tu ponencia en el sentido de que es innecesario tratar de invalidar el diverso flujo de opiniones que se da en los medios.

    No considero que todas las opiniones estén en el mismo nivel, cada persona carga con diferente bagaje académico y emocional. Para ciertos temas acertaran más unos que otros.

    Lo importante, según mi entendimiento, no es tratarnos de tú a tú, sino reconocer que en base al dialogo podemos llegar a mejores conclusiones.

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