La resistencia alucinante de Reinaldo Arenas

1.

El 12 de marzo de 1965 se publica en el semanario uruguayo Marcha una carta abierta de Ernesto Guevara a su amigo Carlos Quijano. El texto, “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”, es quizás el escrito teórico más significativo de Guevara y, a la vez, una enfática declaración de objetivos del régimen emanado de la Revolución cubana, entonces ya declarado marxista y en pleno proceso de conversión socialista de la isla. Tal vez en ninguna otra parte se enuncia con tanta claridad la intención del régimen de intervenir en todos los órdenes de la sociedad cubana, de transformar radicalmente la vida mental y física de sus ciudadanos y de producir un nuevo sujeto: el Hombre Nuevo.

Ese afán de regular la existencia de los individuos y de actuar sobre los fundamentos biológicos de la vida –antes más bien al margen de la acción política– no es, desde luego, exclusivo del régimen cubano, y ni siquiera de los sistemas socialistas. Como descubrió Michel Foucault, se trata de una característica fundamental del poder en las sociedades modernas occidentales. A partir del siglo XVIII, detalla Foucault en Seguridad, territorio, población, el poder toma en consideración “el hecho biológico fundamental de que el hombre constituye una especie humana” y crea una serie de mecanismos disciplinarios y de normalización –desde hospitales y colegios hasta campos y prisiones– que persiguen “la transformación eventual de los individuos”.

Entonces todavía al frente del Ministerio de Industria cubano, Guevara escribe en aquella carta: “Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer al hombre nuevo.” La tarea, advierte, no es sencilla: “las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual” y, para erradicarlas, los individuos “deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad”. Esos estímulos y presiones pueden ser de “índole moral” o bien administrados, a veces brutalmente, por las instituciones revolucionarias, ese “conjunto armónico de canales, escalones, represas, aparatos bien aceitados” que garantiza “la selección natural de los destinados a caminar en la vanguardia”. En esa “dictadura del proletariado, ejerciéndose no solo sobre la clase derrotada sino también, individualmente, sobre la clase vencedora”, es de especial importancia el aparato educativo del Estado, ya que actúa directamente sobre la juventud, “arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores”.

Uno de esos jóvenes se llama Reinado Arenas y no es, a pesar de su apellido, “arcilla” y menos aún “maleable”. Entonces, cuando se publica “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”, Arenas tiene 21 años y está a punto de entrar por primera vez en conflicto con el régimen de la Revolución. Ese año el Estado crea las Unidades Militares de Ayuda a la Producción –campos de rehabilitación y trabajo forzado para los “inadaptados” sociales– y atiza su homofobia. Ese mismo año Arenas termina su primera novela, Celestino antes del alba, y la presenta a un concurso nacional en el que obtiene una mención honorífica –el principio de sus difíciles, enconadas relaciones con la burocracia cultural de la isla. Es entonces, cuando coinciden la radicalización de la represión castrista y la emergencia de Arenas como figura pública, que se inauguran las fricciones entre el escritor y el régimen, fricciones que pronto devendrán en un enfrentamiento cabal y asimétrico, ya sea porque Arenas es homosexual, ya porque publica sus obras en el extranjero, ya porque se resiste a los procesos de disciplinamiento auspiciados desde el Estado. Durante los siguientes quince años Arenas soportará el acoso y el castigo de los dispositivos de poder estatales: será forzado a trabajar en una plantación cañera, será recluido en una prisión, será obligado a firmar una retractación pública y verá frustrados sus repetidos intentos de abandonar la isla, hasta que en 1980, durante el éxodo de Mariel, consigue hacerlo y marchar hacia Estados Unidos. Es allí –enemistado con el exilio cubano de Miami, primero animado y después aturdido por la vida neoyorquina y, al final, enfermo de sida– donde termina de escribir Antes que anochezca, las memorias que empezó a redactar un día de 1973 en las alcantarillas del Parque Lenin mientras se ocultaba de las fuerzas de seguridad del régimen.

2.

“Toda dictadura –escribe Arenas en un pasaje de Antes que anocheza– es casta y antivital: toda manifestación de vida es en sí un enemigo de cualquier régimen dogmático. Era lógico que Fidel Castro nos persiguiera, no nos dejara fornicar y tratara de eliminar cualquier ostentación pública de vida.” Esta imagen, la de un Estado que censura la “ostentación pública de vida” y se afana en controlar la existencia física de los ciudadanos, se repite una y otra vez a lo largo de las 343 páginas del libro. Ya sea que el régimen se conceda “la potestad de informar cómo debían vestir los varones”, que se proponga “romper los vínculos amistosos” mediante la organización, calle por calle, de los Comités de Defensa de la Revolución o que penalice las relaciones homosexuales, la imagen que emerge aquí es la de un poder para el que la vida de sus ciudadanos no representa el límite de la política sino, precisamente, su centro y objetivo. Dicho en otras palabras: un biopoder que, para seguir siéndolo, debe intervenir en, y regular, todos los aspectos vitales de la población.

No casualmente Arenas se demora, en Antes que anochezca, en la descripción de tres de los dispositivos disciplinarios y de normalización del régimen cubano: la educación, el trabajo forzado y la prisión. Miembro de la primera generación de estudiantes universitarios educados por el Estado revolucionario, Arenas recrea aquellos años no como un periodo de formación sino más bien de adoctrinamiento en un colegio que, de acuerdo con sus palabras, era un “monasterio donde imperaban nuevas ideas religiosas y, por lo tanto, nuevas ideas fanáticas” y donde “no era fácil sobrevivir a todas aquellas depuraciones que tenían un carácter moral, religioso y hasta físico”.

Años después, en 1970, Arenas es enviado a una planta cañera, el Central Manuel Sanguily en Pinar del Río, para cortar caña y escribir un elogio de la Zafra de los Diez Millones. Allí se topa con una nueva generación de jóvenes, ya no adoctrinados en el colegio sino peones en una campaña de trabajo forzado: “aquellos jóvenes de dieciséis, diecisiete años, tratados como bestias de carga, no tenían un futuro que aguardar ni un pasado que recordar. Muchos se daban un machetazo en una pierna, se cortaban un dedo, hacían cualquier barbaridad con tal de no ir a aquel cañaveral.”

En vez de “guiar ideológicamente” a esa juventud, Arenas es acusado de pervertirla. Con más precisión: en el otoño de 1973 se le acusa de haber abusado, junto con otro amigo, de dos menores de edad, cargos que rechaza. Para evitar ser detenido, se oculta durante cuatro meses en los sitios más inesperados (detrás de una boya en el mar, en la copa de un árbol, debajo de una cama, en las alcantarillas del Parque Lenin), en una serie de desventuras casi dignas del fray Servando Teresa de Mier que había recuperado y reinventado años antes en la novela El mundo alucinante (1969). Cuando al fin es detenido, en enero de 1974, es recluido en la prisión del Morro y dos meses más tarde es trasladado a Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado, donde es forzado a firmar una retractación en la que se “arrepiente” lo mismo de su homosexualidad que de sus obras literarias y promete “rehabilitarse”. Enseguida es devuelto al Morro y, poco después, llevado a una prisión “abierta” a las afueras de La Habana, hasta que a principios de 1976 es finalmente “liberado”.

Estos hechos, desde que Arenas es acusado hasta que es puesto en “libertad”, ocupan dos años y medio de su vida pero casi una cuarta parte de la autobiografía. Es en esas páginas donde aparecen las aristas más represivas del Estado cubano, como en este pasaje sobre las torturas en Villa Marista:

Un día empecé a sentir en la celda de al lado una especie de ruido extraño que era como si un pistón estuviera soltando vapor; al cabo de una hora empecé a sentir unos gritos desgarradores; el hombre tenía un acento uruguayo y gritaba que no podía más, que se iba a morir, que detuviesen el vapor. En aquel momento comprendí en qué consistía aquel tubo que yo tenía colocado junto al baño de mi celda y cuyo significado ignoraba; era el conducto a través del cual le suministraban vapor a la celda de los presos que, completamente cerrada, se convertía en un cuarto de vapor. Suministrar aquel vapor se convertía en una especie de práctica inquisitorial, parecida al fuego; aquel lugar cerrado y lleno de vapor hacía a la persona casi perecer por asfixia.

3.

Imágenes como esta se repiten a lo largo de las páginas centrales de Antes que anochezca y hacen pensar, con frecuencia, en escenas típicas de la literatura carcelaria. No es eso, sin embargo, lo que más sorprende en esta autobiografía: no el sórdido retrato que Arenas pinta del régimen cubano sino la manera en que él mismo enfrenta ese poder. Dicho de otro modo: lo más singular en Antes que anochezca no es tanto la denuncia de la represión castrista –al fin y al cabo presente en los textos de otros muchos escritores y en los reportes de diversas agencias de derechos humanos– como las características de la resistencia de Arenas, muy diferente a la oposición acostumbrada en las sociedades liberales y poco afín a esa plataforma liberal desde la que se suelen disparar las críticas contra el régimen de Castro. En una frase: la resistencia de Arenas –vital, corporal, erótica– comparte no pocas de las nociones del mismo biopoder que enfrenta, y por lo mismo podría ser calificada, si se quiere, como una resistencia biopolítica.

Leyendo el primer volumen de la Historia de la sexualidad de Foucault, Thomas Lemke nota que “los procesos de poder que buscan regular y controlar la vida provocan formas de oposición que formulan sus reclamos y demandan reconocimiento en nombre del cuerpo y de la vida misma”. Es decir, y como señala el propio Foucault: “Contra ese poder […] las fuerzas que resisten se apoyan en la misma cosa que está en juego, es decir, la vida y el hombre como un ser vivo.” No se trata ya de una resistencia que sucede exclusivamente en la esfera pública, o que concentra su acción en los procesos electorales, o que persigue un reacomodo de las instituciones o una parcela del poder en juego. Se trata de una resistencia que tiene lugar en todas partes y en todo momento, que emplea como herramienta principal los cuerpos de quienes resisten y que se opone, fundamentalmente, a las políticas de normalización y disciplinamiento dictadas desde el poder.

Basta recorrer una vez más las páginas de Antes que anochezca para notar que la resistencia de Arenas es, sin duda, de ese tipo. Hay que ver: aunque decididamente opuesto al régimen, Arenas no pretende derrumbarlo a través de medios políticos ni se plantea la posibilidad de organizar un grupo político en su contra. Del mismo modo, parece descreer de las bondades del diálogo de ideas y hasta reprueba a aquellos disidentes que se manifiestan a favor del diálogo con las autoridades cubanas. Quizá aún más revelador es que no hay en toda su autobiografía un solo momento de nostalgia por ese orden político en el que la vida era el límite, el “otro lado”, el “afuera”, de la política. Por el contrario: esa conflictiva asociación de vida y política dota al cuerpo y a su erotismo de una intensidad que Arenas extraña en el exilio, ya en Nueva York, donde las relaciones homosexuales parecen transcurrir rutinariamente, sin transgredir norma alguna.

De la misma manera, Arenas no parece interesado en reinstaurar la –siempre relativa– autonomía del campo literario o en alejar la literatura de las pugnas políticas. Tampoco parece querer restituir los viejos límites entre lo público y lo privado y menos todavía devolver la sexualidad al lado de la esfera privada. De desearlo, eso haría: reservaría los relatos sobre su vida erótica para sí mismo y escribiría obras literarias –densas, difíciles, orgullosas de su “autonomía”– ajenas a la circunstancia política. Está claro que no lo hace: escribe, casi sin excepción, obras belicosamente políticas y publicita en ellas sus experiencias homosexuales. Esa es, de hecho, su estrategia política más efectiva: la repetida exhibición de sí mismo.

La primera imagen del primer capítulo de Antes que anochezca es la de un cuerpo sano y se diría que casi nuevo: “Yo tenía dos años. Estaba desnudo, de pie; me inclinaba sobre el suelo y pasaba la lengua por la tierra.” La última imagen es la de un cuerpo enfermo, contagiado de sida y minado por el cáncer, que contempla la luna mientras espera la muerte: “Y ahora, súbitamente, Luna, estallas en pedazos delante de mi cama. Ya estoy solo. Es de noche.” Entre un momento y otro se suceden otras muchas imágenes de Arenas, del cuerpo de Arenas, casi todas textuales pero también, a la mitad del libro, algunas fotográficas. En casi todas ellas es notorio el afán de Arenas por presentar su cuerpo despojado de metáforas, al margen de las categorías con las que los Estados y las ideologías suelen vestir a los cuerpos. Exhibe su cuerpo para mostrar la arbitrariedad de todas esas etiquetas –pájaro, escoria, proletario, varón, cubano– con que han querido reducirlo. Lo exhibe, también, como si se tratara de un trofeo: la prueba de que ese cuerpo, a pesar de los repetidos intentos por reprimirlo y normalizarlo, se mantiene inestable y deseoso.

Así se mantiene también hoy, veintitrés años después de la desaparición de ese cuerpo, el fantasma de Reinaldo Arenas: desobediente, incorregible, alucinante.

Confabulario, 14 de diciembre, 2013

La novela neoliberal

Santiago Roncagliolo
Óscar y las mujeres
Alfaguara, México, 2013, 314 p.

Óscar y las mujeres es, si así se quiere, una obra literaria singular y única. Es la sexta novela de un autor con nombre y apellido, Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), quien, de acuerdo con la solapa, ha sido traducido a veinte idiomas y vendido más de ciento cincuenta mil ejemplares. Es una obra cuya trama, aunque trivial y poco sorprendente, combina tropos y estereotipos y escenarios de un modo hasta ahora inédito –el personaje principal es un tal Oscar Califatto, guionista de telenovelas en Miami, y las trescientas páginas del volumen siguen, al parecer con humor, sus desventuras laborales y amorosas. Es, también y como cualquier pieza literaria, una particular suma de decisiones formales (este adjetivo en vez de aquel otro, un tono y no otro, ciertos recursos y hábitos) que ya los lectores aplaudirán o reprobarán.

Óscar y las mujeres es, en otro sentido, una mercancía editorial como muchas otras. Véase su empaque: no una cubierta inusitada, salida de ninguna parte, sino la acostumbrada desde hace años por Alfaguara, un sello que arrastra una historia y desempeña un cierto papel en el circuito editorial hispanoamericano. Véase su factura: no una escritura informe, difícil de clasificar, sino una novela que relame viejas convenciones, aprovecha los pactos de verosimilitud ya existentes y repite buena parte de las rutinas de otras muchas obras publicadas y premiadas por –digamos para acotar– Santillana, Planeta y Random House Mondadori. De hecho, no es aventurado afirmar que varias de las estrategias narrativas puestas en práctica aquí son, justamente, las estrategias hegemónicas de una cierta novela panhispánica promedio: narrador omnisciente y en tercera persona; español estándar, cuidadosamente expurgado de vocablos y modos locales que podrían obstruir su circulación en diferentes mercados nacionales; trama intimista, más o menos sentimental, empeñada en no atender el contexto en que se sitúa; tono levemente irónico que, en vez de demoler los estereotipos disponibles, los emplea un instante después de haberse burlado tímidamente de ellos; nulo compromiso político.

Este libro puede ser leído, así, de dos maneras: o bien como una obra literaria aislada, lo que obliga a fijar la mirada en su composición formal y dramática, o bien como un producto característico del negocio editorial presente, lo que implica mirar más allá del texto y atender el orden económico. Apenas si hay que decir que en las reseñas publicadas en blogs y diarios y revistas domina, y no por poco, el primer tipo de lectura –esa crítica literaria, y no cultural, que desprende los libros de su circunstancia material y los lee en el vacío, ya para celebrar su supuesta singularidad estética, ya para encontrar revelaciones sobre una pretendida condición humana. Una crítica, además, que, al revés de la producción cultural que dice revisar, apenas si se ha renovado. Allá afuera, en el transcurso de un par de décadas, el horizonte cultural dejó de ser lo que era: cambió el público, cambió la noción de autoría, cambió la industria editorial, cambió la forma de legitimación de las obras, cambió el sitio de la literatura en la comunidad y su estatuto entre las demás prácticas culturales. Solo esa crítica humanista, devota de una literatura con mayúscula, permanece fija en las viejas supersticiones: la centralidad del autor, la atemporalidad de lo literario, los privilegios de la literatura sobre las demás escrituras…

¿Cómo ocuparse, por ejemplo, del asunto de la autoría en obras como Óscar y las mujeres? Si me preguntan, habría que evitar a toda costa el culto romántico a la idea del autor y resistir las lecturas que ese culto impone: o lecturas biográficas o lecturas inmanentes que sitúan el texto solo al lado de otros textos del autor y así crean una ilusión de unidad autoral. Debería evitarse también la operación contraria: suponer que cualquiera puede maquilar estas obras y que, por lo mismo, es irrelevante atender a sus productores. No: no cualquiera escribe estos libros. Estos libros están escritos por un tipo particular de autores, por una clase de sujetos propia de este momento histórico. Esos escritores –impensables hace veinte o treinta años en el escenario latinoamericano– que moran no tanto en un determinado campo nacional como en el mercado panhispánico regido por los sellos españoles. Esos escritores que –al revés de los maquiladores anglosajones de best-sellers– tienen un pie en la industria del entretenimiento y el otro en el campo literario y son a la vez producidos por los departamentos de mercadotecnia de los grupos editoriales y legitimados por eventos y publicaciones creadas precisamente para ello (en el caso de Roncagliolo: Bogotá 39, Hay Festival, Grantaen español). Esos escritores que –en sintonía con las corporaciones transnacionales en que publican– crean obras desterritorializadas, desprendidas de toda comunidad, y escritas para todos y para nadie.

Más o menos de la misma manera tendría que pensarse el estatuto de estas obras: ni piezas excepcionales, distintas a todas las demás piezas, ni ordinarios best-sellers, iguales a todos los best-sellers que, desde el siglo XIX, acompañan a las obras literarias. No: libros como Óscar y las mujeres no son obras anómalas ni mercancías idénticas a las de otro tiempo. Son–otra vez– resultado de una circunstancia histórica específica. Esta circunstancia: la economía neoliberal y el tipo de literatura que privilegia. Se sabe: a partir de los años ochenta los procesos de globalización y liberalización económica transformaron drásticamente a las sociedades latinoamericanas y, en el camino, desplazaron las obras literarias a un nuevo espacio. También se conoce: la literatura latinoamericana, hasta entonces sin un lugar específico y más o menos vinculada a la discusión política nacional, fue mudada a un sitio propio, lejos de donde se debate lo público y cerca de la industria del entretenimiento. Desde luego hay quienes se resisten todavía hoy a la mudanza: esos autores que no admiten la distribución prevaleciente de los espacios y discursos y trabajan, obra tras obra, para devolverle relevancia a la literatura y conectarla una vez más con los asuntos de la comunidad. Por supuesto hay quienes sencillamente sonríen y obedecen: esos otros muchos escritores –Santiago Rocangliolo entre ellos– que aceptan el nicho que se les concede, posan para la foto y producen justo lo que la industria les demanda –bagatelas, enlatados, Óscar y las mujeres.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, mayo 2013

Leyendo a Peña Nieto

El pasado 21 de enero el presidente Enrique Peña Nieto visitó el municipio de Las Margaritas, Chiapas, para lanzar desde allí la así llamada Cruzada Nacional contra el Hambre. En esa comunidad, alguna vez ocupada por el Ejército Zapatista, y ante un nutrido corro de gobernadores y senadores y diputados y secretarios de Estado, Peña Nieto realizó una hazaña retórica nada modesta: presentó el que parece ser el principal programa social de su gobierno, expuso la manera en que el Estado mexicano se alista para combatir una vez más la pobreza, sin hablar apenas de la pobreza misma. Hay que ver: entre las dos mil y pocas palabras que leyó ese día ninguna fue desigualdad o inequidad o explotación o concentración o corrupción, y ni siquiera propiedadtenencia o mercado. Revísese el texto: dos mil palabras acerca de la “condición lacerante” que padecen millones de mexicanos y ni una línea sobre el modelo económico en que esa laceración tiene lugar, ni una referencia a la asimétrica distribución de los recursos, ni el más mínimo esfuerzo por identificar las causas de la miseria y de su violenta persistencia a lo largo de nuestra historia. Nada. Dos mil palabras. Aplausos.

Lo que sí hubo aquel día en el discurso presidencial fue un leve asombro (¡oh, Chiapas, tantas “selvas, agua en abundancia, climas y productos variados” y tanta miseria!) y una clara intención de minimizar el problema de la pobreza, de ubicarlo en los márgenes del país y no en el centro mismo de la sociedad mexicana. El escenario elegido para el evento es ya significativo: una comunidad en los bordes de la nación, casi en la frontera con Guatemala, y no cualquier ciudad, donde la pobreza urbana no es menos masiva ni menos escandalosa. También sintomáticos son esa negativa a conectar el fenómeno de la miseria con otros procesos sociales y el anuncio, repetido cuatro veces por Peña Nieto, de que la “primera prioridad” de la campaña es y debe ser atender los cuatrocientos municipios más necesitados del país, como si la pobreza fuera un mal incrustado en sitios precisos y pudiera ser extirpado sin necesidad de alterar el resto del sistema. Al final no extraña que, con un diagnóstico tan insuficiente, el gobierno proponga lo que propone, una cruzada asistencialista animada por la ciudadanía (“Las mujeres y los jóvenes serán el ejército que movilizará la Cruzada”), y no políticas de redistribución o reformas al modelo económico.

A estas alturas la detención de Elba Esther Gordillo tiene aún a la mayoría de los columnistas preguntándose si esa acción fue tan solo un acto aislado del gobierno o si ya revela el estilo personal de gobernar del nuevo presidente. Por lo pronto, esto puede decirse: a cien días de la toma de posesión es ya posible identificar un estilo personal de hablar de Peña Nieto y –¡malas noticias!– no es muy distinto a lo mostrado aquel día en Las Margaritas ni a lo que acostumbran desde hace años los dirigentes de los regímenes neoliberales. Para empezar, el tinglado discursivo de Peña Nieto se monta sobre ese lugar común que tantos han venido masticando desde la caída del comunismo: la idea de que ha terminado la era de los grandes proyectos políticos y es hora de ser eficientes. El primero de diciembre, en Palacio Nacional, Peña Nieto lo puso de este modo: “La democracia plena llevó su tiempo, pero hoy la democracia ha logrado consolidarse y ser parte de nuestra cultura.” Un día después, en la firma del Pacto por México, agregó: ahora que la democracia es ya una “realidad irreversible”, no queda sino dar “el siguiente paso en el perfeccionamiento democrático: transitar del sufragio efectivo al gobierno eficaz.” Una y otra vez aparece entre sus palabras ese término, eficacia, lo mismo que la noción de que el Estado, para ser eficaz, debe adaptarse al ritmo y las circunstancias del mercado global. Es decir: el Estado no está ahí para alterar ese ritmo y esas circunstancias, y ni siquiera para servir de contrapeso a las dinámicas mercantiles, sino –tal como dejó ver la reforma laboral– para adecuar las leyes y estructuras al estado actual de las relaciones sociales. Es, al fin y al cabo, el argumento de la modernización que tantas veces han blandido los gobiernos latinoamericanos: vamos a destiempo, un paso atrás del mercado, y la prioridad es darle alcance, no desarrollarnos más equitativamente. Es, también, ese falso realismo que Jacques Rancière descubrió en las democracias consensuales: “la lógica policial del orden afirma, en cualquier circunstancia, no hacer más que lo único que es posible hacer.”

Desde luego que un gobierno que insinúa que los proyectos ideológicos son cosa del pasado, y se define como un “gobierno facilitador” (EPN, 1 de dic.), hará cuanto sea posible para distanciarse de la dicotomía izquierda/derecha y situarse en un supuesto centro político. Desde luego que evitará mezclarse en polémicas culturales (véanse las tímidas referencias de Peña Nieto a la historia mexicana) y gastará un lenguaje técnico, desprovisto de toda ilusión política y saturado de términos (eficacia, excelencia, calidad) que rara vez alientan la controversia. Desde luego que revestirá sus acciones con un lenguaje de unidad y consenso (alianza, frente común, Pacto por México) y advertirá que todo disenso no es sino “encono” y “discordia” y que, por lo mismo, puede ser “desterrado” (EPN, 1 de dic.) con buena voluntad. Todas estos recursos retóricos, practicados por Peña Nieto en todos y cada uno de sus mensajes públicos, persiguen al final un efecto nada democrático: ocultar el conflicto, negar el antagonismo social y político.

Aunque ya un tanto obvio y gastado, este tipo de discurso no deja de plantear problemas a todos aquellos que, ubicados a la izquierda del espectro político, deseamos debatirlo. Por una parte, esconde su signo ideológico detrás de una superficie tecnocrática –y de ese modo condena a sus antagonistas a debatir técnicamente o a practicar una suerte de crítica que ya otros tacharán de paranoica o sospechosista. Por otra parte, al jugar la carta de la unidad y el consenso, reduce el espacio para el desacuerdo. Por ejemplo, si uno señala las limitaciones del Pacto por México y advierte sobre el peligro de acotar la política al acuerdo entre las fuerzas ya constituidas, ya escucha: ¿qué tú no estás con México? De un modo u otro, es urgente superar el impasse en que se encuentra la opinión pública de izquierda desde el primero de diciembre del año pasado (impasse solo roto por algunas voces aisladas y refrescantes, como las de los miembros del colectivo Democracia Deliberada) y oponer un discurso de veras crítico a las palabras del gobierno.

Ese contradiscurso, me parece, debe cumplir con, por lo menos, cinco tareas:

Primero, insistir una y otra vez en que debajo de las políticas y el habla de los dirigentes estatales hay una ideología y tiene nombre: neoliberalismo.

Segundo, poner en suspenso el término restauración (que tiene a muchos meditando si esta o aquella práctica es o no esencialmente priísta) y activar un signo que le va mejor al gobierno de Peña Nieto: continuismo.

Tercero, señalar cuantas veces sea necesario que el conflicto social existe, que no ha sido sembrado allí por el encono de algunos actores políticos y que no desaparecerá con acuerdos cupulares ni programas asistencialistas ni llamados a la buena voluntad.

Cuarto, rechazar la idea de que no hay más soluciones que las que el gobierno ofrece y alumbrar otras experiencias políticas y sociales exitosas, nacionales o comunitarias.

Quinto, denunciar todo intento de reducir la política al acuerdo entre partidos y grupos de poder y advertir que hay, y siempre habrá, otros muchos sujetos políticos: minorías, comunidades, multitudes.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, abril 2013

Narrativa de la restauración

Juan Pablo Villalobos
Si viviéramos en un lugar normal
México, Anagrama, 2012, 188 p.

Una magnífica primera novela. Una novela corta de una loca originalidad que hiela la sangre. Cómica, convincente, terrorífica. En apariencia simple, pero altamente sofisticada. Una denuncia subversiva. Fulminante. Estos son apenas unos cuantos de los muchos elogios que ha recibido aquí y allá Fiesta en la madriguera (2010), la primera novela de Juan Pablo Villalobos, traducida casi de inmediato a catorce idiomas. A estas alturas los elogios deben sumar ya más de las ciento y pocas páginas del libro, en teoría uno de los acercamientos literarios más poderosos al asunto del narcotráfico en México. La novedad, se dice, estriba en la voz narrativa: es un niño, Tochtli, el que cuenta la historia de su padre, líder de un cártel, y la cuenta como, al parecer, lo haría un niño –sin explicaciones generales ni indagaciones periodísticas ni crítica política. La ventaja, se añade, es el punto desde el que se mira el fenómeno: no desde arriba, intentando comprender el sistema en que operan los cárteles, ni tampoco a ras de suelo, contando crímenes y cuerpos, sino a la altura de los ojos de un niño que de vez en vez se cuela entre los adultos y algo atisba.

Si me preguntan, es justo lo contrario: son esa voz y ese sesgo los que hacen deFiesta en la madriguera uno de los relatos menos consistentes que se han producido de unos años para acá en torno al narcotráfico. Más todavía: en vez de proponer una perspectiva singular del asunto, la novela arrastra muchos de los tópicos a los que nos ha acostumbrado la así llamada narconarrativa (el capo, las joyas, el palacete) y repite no pocos de los hábitos que críticos como Oswaldo Zavala han ya denunciado –desdeña los procesos sociales, desprende a los cárteles de otras instancias políticas y financieras, se encandila con la titilante superficie del fenómeno. Sucede algo más grave y, eso sí, inusitado: como todo es narrado por un niño que opina que “la mayoría de los libros hablan de cosas que no le importan a nadie y que no sirven para nada”, y al que el mundo le parece enigmático y desmesurado, los cárteles aparecen como entidades misteriosas, casi etéreas, prácticamente inefables. Bonita narcopoética: creer que el narco es indecible, creer que la narrativa apenas dice.

Si viviéramos en un lugar normal es la segunda novela de Villalobos (Guadalajara, 1973) y no es intelectualmente más potente que la primera. La trama se sitúa esta vez en Lagos de Moreno, unos meses antes y unos meses después de la llegada de Carlos Salinas de Gortari a la presidencia, y refiere la historia de una familia –papá, mamá, siete hijos– que sobrevive, como se repite una y otra vez, a base de quesadillas (“quesadillas inflacionarias”, “quesadillas normales”, “quesadillas devaluación”, “quesadillas de pobre”). El narrador no es ahora un niño sino uno de los hijos mayores, Orestes, quien, ya adulto, recuerda su paso “de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a la juventud, alegremente condicionado por lo que algunos llaman visión pueblerina del mundo, o sistema filosófico municipal”. Hay, salpicados por aquí y por allá, inmigrantes polacos, sinarquistas furiosos, vacas inseminadas, naves espaciales y sandías psicotrópicas –así como en el otro libro había espadas de samuráis, safaris por África e hipopótamos enanos de Liberia– y hay, también, un persistente sentido del humor que depende, en buena parte, de la exageración y la caricatura.

En aquella novela Villalobos se acercaba al asunto del narco no para pensarlo ni cronicarlo ni denunciarlo: se acercaba a él y punto. Acá ya no sorprende que vuelva al México de finales de los años ochenta con un par de objetivos bastante irrelevantes: congelar ese país en una caricatura, burlarse un segundo después de la caricatura. Que nadie espere encontrar aquí una exhaustiva reconstrucción de esos años, o una radiografía del pasado con la mira puesta en el presente, o una mordaz crítica de los estereotipos que empleamos para pensar el México priísta. Lo que hay es una escritura que, convencida de su escaso poder crítico, se divierte con algunos lugares comunes y obliga a sus personajes a representar pesados roles alegóricos. Por allá aparece un policía, que muy pronto se torna el Policía, y por acá irrumpen el Profesor y el Político y el Rico y los Pobres. Solo en el penúltimo apartado todos entran en contacto y solo entonces el relato cobra cierta fuerza: se desvanecen los tipos, se alumbran las asimétricas relaciones entre unos y otros.

Lo que está en curso aquí es una suerte de restauración. Cuando uno lo creía ya vencido, se asoma en estas páginas ese mito que animó durante tanto tiempo a tanta literatura escrita desde y sobre México: el mito del México excepcional y surrealista. Ya lo advierte el título: este es un sitio como ninguno otro. Ya lo remachan todos y cada uno de los siete capítulos: este es un país tan peculiar que en él todo adquiere una tonalidad pintoresca y lo que en otros sitios se vive como tragedia aquí se experimenta como parodia y relajo. Da lo mismo si se habla de pobreza, corrupción, lucha de clases o, en el caso de Fiesta en la madriguera, violencia y narcotráfico: todo es puro folclore, típico desmadre mexicano, y es mejor reírse y hasta sentirnos un poquito orgullosos de lo singulares que somos. Bonita literatura para el sexenio que empieza: una narrativa que trae de vuelta viejos hábitos mientras se finge muy contemporánea.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, marzo 2013

Esto no es una reseña

Granta en Español
Número 13, otoño 2012, 294 pp.

Esto es lo que hay: un objeto –un objeto que mide 21 centímetros de alto por 15 centímetros de largo, pesa 440 gramos, cuesta 250 pesos en librerías mexicanas y tiene una cubierta rosa salpicada aquí y allá por unas cuantas esferas azules y no pocas letras rojas y negras.

En la tapa: el nombre de la revista, el número de la edición y veintitrés equis que se suceden mecánicamente hasta que aparece la ¿abreviatura? M E X.

En la contra: un código de barras, una dirección electrónica (www.duomoediciones.com) y una descripción, bastante inane, de los textos que se incluyen (“Fabio Morábito presenta al diablo”, “La envidia fraterna según Álvaro Uribe”, “La fórmula de la tranquilidad de Guadalupe Nettel”…)

Adentro: veintitrés anuncios publicitarios y el mismo número de intervenciones literarias, presentadas en aparente desorden, sin distinciones nacionales o genéricas. Ahora una pieza teatral de Hugo Hiriart. Ahora una viñeta histórica de Pablo Soler Frost. Ahora un cuento de Marie Darrieusssecq. Ahora una ficción autobiográfica de Valeria Luiselli. Ahora un relato de Alain-Paul Mallard, y una crónica de Stanley Booth, y un apunte de Richard Ford, y un recuerdo de Sandra Cisneros, y una pieza de David Miklos, y una narración de Verónica Murguía, y un manifiesto de Roberto Bolaño.

¿Qué hacer? ¿De qué manera leer este artefacto? ¿Como un número más de una revista literaria que, en sincronía con el espíritu de los tiempos, no pretende otra cosa que ofrecer un poco de entretenimiento? ¿Como una antología de cierta literatura mexicana? (¿Qué literatura?) ¿Como una intervención en un campo literario específico? (¿Qué campo?) Es inútil recorrer las páginas de este volumen en busca de pistas o aclaraciones: no las hay –no hay siquiera una nota que explique los criterios de la selección. Para encontrarse con alguna declaración de los editores Valerie Miles y Aurelio Major, es necesario ir más allá y visitar la página web de la revista o atender una entrevista aparecida en Milenio. Ahí uno descubre: que la literatura mexicana ha sido absorbida desde hace algunos años por el tema del narcotráfico y la violencia, que sin embargo tiene “otra cara”, que es hora de mostrar esa cara al mundo y que este número de Granta es –¡gracias,Granta!– una muestra de esa otra literatura mexicana.

Todavía hasta hace no mucho tiempo la mayor parte de las obras literarias se enunciaba desde un sitio preciso y, por lo mismo, era más o menos fácil ejercer el oficio crítico. Uno tomaba una obra y la leía dentro del marco nacional que le correspondía, revisaba sus afinidades y tensiones con un determinado canon, atendía la manera en que reafirmaba o deconstruía ciertos tropos locales y el modo en que interpelaba a una comunidad de lectores de contornos más o menos discernibles. Hoy, está claro, ese tipo de acercamiento es ya insuficiente, y en algunos casos, sencillamente imposible. Por ejemplo, si hubiera que fijar Granta en un solo sitio, ¿dónde sería? La marca es inglesa, la versión en castellano se edita en Barcelona, el grupo editorial que la financia es italiano y el ejemplar que tengo enfrente fue impreso en algún rincón de México. Más importante, ¿a qué público se dirige un número como este? En rigor, no a los lectores mexicanos pues, a estas alturas, ninguno de ellos necesita que se le descubran los nombres de Hugo Hiriart, Fabio Morábito o Álvaro Uribe y solo los más inocentes se creerán ese cuento de que la literatura escrita en el país padece una fijación con el narco y de que, por lo mismo, toda escritura que no se ocupe de ese tema es marginal y contrahegemónica. Siendo honestos, tampoco apela a ningún otro público nacional, y menos a una comunidad pequeña y concreta, sino a ese etéreo pero rentable auditorio panhispánico que ciertas editoriales españolas insisten en alimentar y regir desde Madrid y Barcelona. Es decir: se dirige a todos, se dirige a nadie.

Alguien dirá que, más allá de las transformaciones del circuito editorial, las instrucciones de todo volumen literario siguen siendo las de siempre: acercar la cara a la página y pasear los ojos de izquierda a derecha y de arriba abajo. ¿De verdad? Hágase el intento de leer estos textos, del primero al último, concienzudamente, y tarde o temprano se experimentará una cierta sensación de banalidad. ¿Qué hace uno leyendo tan en serio un objeto como este? Es como ir a la inauguración de una bienal de arte y obstinarse en contemplar exhaustivamente cada pieza y en ignorar todas las demás dimensiones del evento –los intereses económicos que lo animan, el performance de los asistentes, el código que los rige, las relaciones que se crean y desvanecen en el momento. Es obvio que lo que importa aquí y allá no son tanto las obras –logradas o fallidas, potentes o blandas– como las inclusiones y exclusiones que la selección genera: quién quedó dentro y quién quedó afuera. En el caso de Granta se conoce el objetivo de esas selecciones, no distinto al de tantos premios y festivales literarios: cotizar a ciertos autores y publicitarlos en el mercado. No por nada Mario Bellatin –capaz como ningún otro narrador mexicano de pensar a la vez la literatura y la institución literaria– respondió a la convocatoria de los editores de manera genial: entregando una página en blanco. ¡El texto es irrelevante!

Esto propongo: no abrir el volumen o, en todo caso, picotearlo con cuidado, sin dejarse absorber por la mancha de tinta, sin ceder a la costumbre de fascinarse con las palabras. En vez de pegar la nariz a la página, sugiero tomar distancia y pensar. Sí, pensar. Pensar este número de Granta no como una pieza literaria única sino como un producto cultural situado entre otros muchos productos culturales similares, inscrito en un determinado sistema editorial y con funciones primordialmente comerciales. Pensarlo como un fruto típico de cierta globalización literaria, a la vez dinámico e insulso, libre de ataduras genéricas y lastres nacionalistas pero desprendido también de toda comunidad de lectores y, por lo mismo, incapaz de incidir en un sitio y explotar aquí y ahora. Pensarlo como un objeto. Vamos, como una mercancía.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, enero 2013