Todas las entradas por Rafael Lemus

Octavio Paz o las trampas del liberalismo

Se oye decir demasiado a menudo que Octavio Paz –al menos el Octavio Paz que va de 1969 al día de su muerte tres décadas más tarde– no era, en rigor, un liberal ni un romántico sino más bien esa rareza: un liberal romántico. Se escucha agregar que ese Paz –director de Plural y Vuelta y autor lo mismo de encendidos artículos políticos que de nostálgicos poemas autobiográficos– constituía una saludable anomalía en la esfera pública mexicana, supuestamente fracturada a causa de la polarización ideológica. Para sustentar esa imagen se citan con frecuencia declaraciones en las que el propio Paz, muy entretenido con su self-fashioning en los últimos años, a la vez celebra y condena el liberalismo: “No me siento liberal aunque creo que es imperativo, sobre todo en México, rescatar la gran herencia liberal de los Montesquieu y los Tocqueville. No soy liberal porque el liberalismo deja sin respuesta más de la mitad de las grandes interrogaciones humanas.” También como soporte se ofrece un estudio crítico de Yvon Grenier, Del arte a la política: Octavio Paz y la búsqueda de la libertad (2004), y como pruebas esos libros (La otra voz [1990], La llama doble [1993] y Vislumbres de la India [1995]) en los que Paz, ocupado con la poesía y el amor y el Oriente, truena de vez en vez contra el “vacío” de la sociedad capitalista contemporánea. Bien: ¿es necesario decir que esa imagen, la de un Paz liberal romántico, resulta de lo más conveniente para sus pretendidos herederos? Sencillo: cuando alguien colude a Paz con los regímenes neoliberales, se tira de la cuerda romántica para eximirlo; cuando algún valiente lo reclama desde la izquierda, se jala de la cuerda liberal para distanciarlo.

El Paz de 1994, el que escribe sobre el levantamiento zapatista, es, se dice, un sólido ejemplo de ese liberalismo romántico. En teoría ese Paz, apenas después de condenar el uso de las armas, se habría dejado seducir por la prosa del subcomandante Marcos (a la que lanza alguna vez un piropo) y por el “romanticismo” de las comunidades indígenas. En teoría habría escrito una serie de insólitos artículos, tan distantes del anti- como del filo-zapatismo. Lo cierto es que basta volver a esos textos para notar casi de inmediato que, lejos de ser excepcionales, reproducen buena parte de las estrategias retóricas que el gobierno federal empleaba para combatir al zapatismo. Hay que ver: los artículos de Paz, como los comunicados oficiales, se obstinan en localizar el conflicto (tiene lugar en solo cuatro municipios), en minimizar el problema (se debe a causas precisas y se resuelve con políticas asistencialistas) y en adjudicarlo no a una falla sistémica, lo que obligaría a reparar todo el sistema, sino a una panda de radicales infiltrados entre los indígenas. Más todavía: emprenden la defensa de la política social del régimen salinista (“En los últimos años, sin embargo, el gobierno federal y el estatal realizaron esfuerzos considerables para remediar estas injusticias y discriminaciones”) y deslizan la noción, de plano racista, de que los indígenas, incapaces de organizar el movimiento por sí mismos, fueron manipulados: “No debe olvidarse –escribe Paz– que las comunidades indígenas han sido engañadas por un grupo de irresponsables demagogos. Son ellos los que deben responder ante la ley y ante la nación.”

Esa misma historia, la de un hipotético Paz liberal romántico que en los hechos actúa como un liberal a secas, se repite una y otra vez, antes y después del 94: ante el sandinismo, ante el fraude electoral del 88, ante las reformas neoliberales que suscribe o sencillamente no critica. Hay que decirlo de una vez: Paz no está en un margen sino en el centro del campo cultural, representando allí el conocido papel de letrado latinoamericano, y no supone una anomalía ideológica, una singularidad discursiva, en el debate político mexicano de los años setenta, ochenta y noventa. Justo al revés: es parte de un grupo y de una formación discursiva, es promotor y mentor de ese liberalismo a la mexicana que –anticipado por Daniel Cosío Villegas– se va formando en Plural, se consolida en Vuelta y se replica, ya cascado y cada vez más conservador, en Letras Libres. Como tal, sus intervenciones políticas posteriores a 1968 están casi siempre marcadas por las bondades y las insuficiencias del liberalismo. Entre las primeras: la defensa de las libertades civiles, la reivindicación del pluralismo, la crítica de los abusos del poder. Entre las segundas: la escasa atención prestada a la desigualdad social, la desmedida confianza en el mercado, la estrecha noción de democracia y ciudadanía, el temor a la participación popular y esa propensión a advertir populismo (o peor: ¡proto-fascismo!) donde quiera que un sujeto colectivo se constituye, expone un agravio y demanda una reparación.

El liberalismo de Paz tiene dos momentos: uno encendido y otro apagado. Durante los años setenta los textos políticos que Paz publica, primero en Plural y después en Vuelta, son decididamente críticos de lo que en ese tiempo solía llamarse el “sistema político mexicano”. Enfrentados al obeso y autoritario Estado priista, sus reclamos liberales acertaban justo en el centro del ogro filantrópico. Si no se cree, léanse los ensayos reunidos en el libro (1979) de ese título: extraordinarios análisis críticos del presidencialismo, el centralismo, la corrupción mexicanos. En algún momento de los años ochenta, sin embargo, su liberalismo termina por coincidir con el neoliberalismo de los funcionarios en el poder y deviene, por carambola, pensamiento hegemónico. Una vez que el Estado mexicano deja de gobernar según “el principio de la razón de Estado” y se rige por una “gubernamentalidad neoliberal” (“esa nueva programación de la gubernamentalidad liberal”), Paz y el poder empiezan a operar desde la misma “racionalidad política” (los términos son de Foucault). En esta etapa Paz ya rara vez acompañará a los críticos de las sucesivas administraciones priistas; más bien tenderá a combatirlos, acusándolos de reproducir disputas ideológicas supuestamente ya rebasadas e invitándolos a sumarse al nuevo consenso post-ideológico. Atrás queda el formidable crítico de las modernizaciones mexicanas, y su lugar lo ocupa un intelectual que, más o menos cercano a los presidentes en turno, aprueba, implícita o explícitamente, las repetidas reformas de liberalización económica.

Previsiblemente la “pasión crítica” de Paz, ya rara vez ejercida contra el poder político y económico del país, se posa con mayor frecuencia en otros parajes: las ruinas del socialismo realmente existente, las experiencias gubernamentales de la izquierda en América Latina, los intelectuales que defienden unas u otras. Ejemplo de ello es el encuentro que la revista Vuelta organiza en la ciudad de México en 1990, “La experiencia de la libertad”, un coloquio –sin duda brillante– en el que decenas de autores mexicanos y extranjeros se dan a la tarea –un tanto cómica– de condenar el comunismo, ya vencido, en un país sacudido por las políticas neoliberales. También previsiblemente la obra ensayística de Paz se torna durante estos años menos puntual, más etérea. Enemistado lo mismo con la academia que con los estudios culturales y la teoría posterior al estructuralismo, sus ensayos sobre la sociedad contemporánea tienen cada vez menos de crítica cultural y cada vez más de crítica moral. Dudosa práctica: lanzar filípicas contra la sociedad capitalista contemporánea sin criticar sus estructuras, su asimétrica distribución de recursos, sus mecanismos de reproducción. Cómoda estrategia: condenar los efectos morales del neoliberalismo mientras se defiende, aquí y ahora, a los regímenes que lo implementan.

Se dirá que es injusto detenerse en ese último Paz –y tal vez lo sea. El problema es que es justo ese Paz el que reivindica más a menudo Letras Libres, el que celebra hoy el Estado mexicano y el que está a punto de convertirse en una fastidiosa estatua. No el joven socialista que creía que la revolución fundaría un mundo de poetas. No el tardío surrealista que desconfiaba de las promesas del progreso ni el poeta de los experimentos visuales. Tampoco aquel potente ensayista de los años cincuenta y sesenta, atraído por la teoría y la vanguardia, hechizado por el Oriente, menos interesado en las instituciones políticas que en las vitales explosiones de disenso. No. El Paz posterior a 1968: ya liberal, ya plantado a la mitad del campo cultural mexicano, enfrentado a la izquierda, reñido con la teoría, receloso ante el arte contemporáneo, cada vez más clasicista, cada vez más conservador, cada vez más oficioso. Está claro que ese Paz es de lo más útil tanto para el Estado que lo conmemora como para los escritores que se reclaman sus herederos: por una parte, valida la deriva neoliberal del país; por la otra, justifica los prejuicios políticos y estéticos de esos escritores. Lo que no queda claro es que ese Paz sea un autor útil, un buen aliado, para pensar críticamente el mundo contemporáneo.

-Rafael Lemus
Confabulario, El Universal, 29 de marzo

La resistencia alucinante de Reinaldo Arenas

1.

El 12 de marzo de 1965 se publica en el semanario uruguayo Marcha una carta abierta de Ernesto Guevara a su amigo Carlos Quijano. El texto, “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”, es quizás el escrito teórico más significativo de Guevara y, a la vez, una enfática declaración de objetivos del régimen emanado de la Revolución cubana, entonces ya declarado marxista y en pleno proceso de conversión socialista de la isla. Tal vez en ninguna otra parte se enuncia con tanta claridad la intención del régimen de intervenir en todos los órdenes de la sociedad cubana, de transformar radicalmente la vida mental y física de sus ciudadanos y de producir un nuevo sujeto: el Hombre Nuevo.

Ese afán de regular la existencia de los individuos y de actuar sobre los fundamentos biológicos de la vida –antes más bien al margen de la acción política– no es, desde luego, exclusivo del régimen cubano, y ni siquiera de los sistemas socialistas. Como descubrió Michel Foucault, se trata de una característica fundamental del poder en las sociedades modernas occidentales. A partir del siglo XVIII, detalla Foucault en Seguridad, territorio, población, el poder toma en consideración “el hecho biológico fundamental de que el hombre constituye una especie humana” y crea una serie de mecanismos disciplinarios y de normalización –desde hospitales y colegios hasta campos y prisiones– que persiguen “la transformación eventual de los individuos”.

Entonces todavía al frente del Ministerio de Industria cubano, Guevara escribe en aquella carta: “Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer al hombre nuevo.” La tarea, advierte, no es sencilla: “las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual” y, para erradicarlas, los individuos “deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad”. Esos estímulos y presiones pueden ser de “índole moral” o bien administrados, a veces brutalmente, por las instituciones revolucionarias, ese “conjunto armónico de canales, escalones, represas, aparatos bien aceitados” que garantiza “la selección natural de los destinados a caminar en la vanguardia”. En esa “dictadura del proletariado, ejerciéndose no solo sobre la clase derrotada sino también, individualmente, sobre la clase vencedora”, es de especial importancia el aparato educativo del Estado, ya que actúa directamente sobre la juventud, “arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores”.

Uno de esos jóvenes se llama Reinado Arenas y no es, a pesar de su apellido, “arcilla” y menos aún “maleable”. Entonces, cuando se publica “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”, Arenas tiene 21 años y está a punto de entrar por primera vez en conflicto con el régimen de la Revolución. Ese año el Estado crea las Unidades Militares de Ayuda a la Producción –campos de rehabilitación y trabajo forzado para los “inadaptados” sociales– y atiza su homofobia. Ese mismo año Arenas termina su primera novela, Celestino antes del alba, y la presenta a un concurso nacional en el que obtiene una mención honorífica –el principio de sus difíciles, enconadas relaciones con la burocracia cultural de la isla. Es entonces, cuando coinciden la radicalización de la represión castrista y la emergencia de Arenas como figura pública, que se inauguran las fricciones entre el escritor y el régimen, fricciones que pronto devendrán en un enfrentamiento cabal y asimétrico, ya sea porque Arenas es homosexual, ya porque publica sus obras en el extranjero, ya porque se resiste a los procesos de disciplinamiento auspiciados desde el Estado. Durante los siguientes quince años Arenas soportará el acoso y el castigo de los dispositivos de poder estatales: será forzado a trabajar en una plantación cañera, será recluido en una prisión, será obligado a firmar una retractación pública y verá frustrados sus repetidos intentos de abandonar la isla, hasta que en 1980, durante el éxodo de Mariel, consigue hacerlo y marchar hacia Estados Unidos. Es allí –enemistado con el exilio cubano de Miami, primero animado y después aturdido por la vida neoyorquina y, al final, enfermo de sida– donde termina de escribir Antes que anochezca, las memorias que empezó a redactar un día de 1973 en las alcantarillas del Parque Lenin mientras se ocultaba de las fuerzas de seguridad del régimen.

2.

“Toda dictadura –escribe Arenas en un pasaje de Antes que anocheza– es casta y antivital: toda manifestación de vida es en sí un enemigo de cualquier régimen dogmático. Era lógico que Fidel Castro nos persiguiera, no nos dejara fornicar y tratara de eliminar cualquier ostentación pública de vida.” Esta imagen, la de un Estado que censura la “ostentación pública de vida” y se afana en controlar la existencia física de los ciudadanos, se repite una y otra vez a lo largo de las 343 páginas del libro. Ya sea que el régimen se conceda “la potestad de informar cómo debían vestir los varones”, que se proponga “romper los vínculos amistosos” mediante la organización, calle por calle, de los Comités de Defensa de la Revolución o que penalice las relaciones homosexuales, la imagen que emerge aquí es la de un poder para el que la vida de sus ciudadanos no representa el límite de la política sino, precisamente, su centro y objetivo. Dicho en otras palabras: un biopoder que, para seguir siéndolo, debe intervenir en, y regular, todos los aspectos vitales de la población.

No casualmente Arenas se demora, en Antes que anochezca, en la descripción de tres de los dispositivos disciplinarios y de normalización del régimen cubano: la educación, el trabajo forzado y la prisión. Miembro de la primera generación de estudiantes universitarios educados por el Estado revolucionario, Arenas recrea aquellos años no como un periodo de formación sino más bien de adoctrinamiento en un colegio que, de acuerdo con sus palabras, era un “monasterio donde imperaban nuevas ideas religiosas y, por lo tanto, nuevas ideas fanáticas” y donde “no era fácil sobrevivir a todas aquellas depuraciones que tenían un carácter moral, religioso y hasta físico”.

Años después, en 1970, Arenas es enviado a una planta cañera, el Central Manuel Sanguily en Pinar del Río, para cortar caña y escribir un elogio de la Zafra de los Diez Millones. Allí se topa con una nueva generación de jóvenes, ya no adoctrinados en el colegio sino peones en una campaña de trabajo forzado: “aquellos jóvenes de dieciséis, diecisiete años, tratados como bestias de carga, no tenían un futuro que aguardar ni un pasado que recordar. Muchos se daban un machetazo en una pierna, se cortaban un dedo, hacían cualquier barbaridad con tal de no ir a aquel cañaveral.”

En vez de “guiar ideológicamente” a esa juventud, Arenas es acusado de pervertirla. Con más precisión: en el otoño de 1973 se le acusa de haber abusado, junto con otro amigo, de dos menores de edad, cargos que rechaza. Para evitar ser detenido, se oculta durante cuatro meses en los sitios más inesperados (detrás de una boya en el mar, en la copa de un árbol, debajo de una cama, en las alcantarillas del Parque Lenin), en una serie de desventuras casi dignas del fray Servando Teresa de Mier que había recuperado y reinventado años antes en la novela El mundo alucinante (1969). Cuando al fin es detenido, en enero de 1974, es recluido en la prisión del Morro y dos meses más tarde es trasladado a Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado, donde es forzado a firmar una retractación en la que se “arrepiente” lo mismo de su homosexualidad que de sus obras literarias y promete “rehabilitarse”. Enseguida es devuelto al Morro y, poco después, llevado a una prisión “abierta” a las afueras de La Habana, hasta que a principios de 1976 es finalmente “liberado”.

Estos hechos, desde que Arenas es acusado hasta que es puesto en “libertad”, ocupan dos años y medio de su vida pero casi una cuarta parte de la autobiografía. Es en esas páginas donde aparecen las aristas más represivas del Estado cubano, como en este pasaje sobre las torturas en Villa Marista:

Un día empecé a sentir en la celda de al lado una especie de ruido extraño que era como si un pistón estuviera soltando vapor; al cabo de una hora empecé a sentir unos gritos desgarradores; el hombre tenía un acento uruguayo y gritaba que no podía más, que se iba a morir, que detuviesen el vapor. En aquel momento comprendí en qué consistía aquel tubo que yo tenía colocado junto al baño de mi celda y cuyo significado ignoraba; era el conducto a través del cual le suministraban vapor a la celda de los presos que, completamente cerrada, se convertía en un cuarto de vapor. Suministrar aquel vapor se convertía en una especie de práctica inquisitorial, parecida al fuego; aquel lugar cerrado y lleno de vapor hacía a la persona casi perecer por asfixia.

3.

Imágenes como esta se repiten a lo largo de las páginas centrales de Antes que anochezca y hacen pensar, con frecuencia, en escenas típicas de la literatura carcelaria. No es eso, sin embargo, lo que más sorprende en esta autobiografía: no el sórdido retrato que Arenas pinta del régimen cubano sino la manera en que él mismo enfrenta ese poder. Dicho de otro modo: lo más singular en Antes que anochezca no es tanto la denuncia de la represión castrista –al fin y al cabo presente en los textos de otros muchos escritores y en los reportes de diversas agencias de derechos humanos– como las características de la resistencia de Arenas, muy diferente a la oposición acostumbrada en las sociedades liberales y poco afín a esa plataforma liberal desde la que se suelen disparar las críticas contra el régimen de Castro. En una frase: la resistencia de Arenas –vital, corporal, erótica– comparte no pocas de las nociones del mismo biopoder que enfrenta, y por lo mismo podría ser calificada, si se quiere, como una resistencia biopolítica.

Leyendo el primer volumen de la Historia de la sexualidad de Foucault, Thomas Lemke nota que “los procesos de poder que buscan regular y controlar la vida provocan formas de oposición que formulan sus reclamos y demandan reconocimiento en nombre del cuerpo y de la vida misma”. Es decir, y como señala el propio Foucault: “Contra ese poder […] las fuerzas que resisten se apoyan en la misma cosa que está en juego, es decir, la vida y el hombre como un ser vivo.” No se trata ya de una resistencia que sucede exclusivamente en la esfera pública, o que concentra su acción en los procesos electorales, o que persigue un reacomodo de las instituciones o una parcela del poder en juego. Se trata de una resistencia que tiene lugar en todas partes y en todo momento, que emplea como herramienta principal los cuerpos de quienes resisten y que se opone, fundamentalmente, a las políticas de normalización y disciplinamiento dictadas desde el poder.

Basta recorrer una vez más las páginas de Antes que anochezca para notar que la resistencia de Arenas es, sin duda, de ese tipo. Hay que ver: aunque decididamente opuesto al régimen, Arenas no pretende derrumbarlo a través de medios políticos ni se plantea la posibilidad de organizar un grupo político en su contra. Del mismo modo, parece descreer de las bondades del diálogo de ideas y hasta reprueba a aquellos disidentes que se manifiestan a favor del diálogo con las autoridades cubanas. Quizá aún más revelador es que no hay en toda su autobiografía un solo momento de nostalgia por ese orden político en el que la vida era el límite, el “otro lado”, el “afuera”, de la política. Por el contrario: esa conflictiva asociación de vida y política dota al cuerpo y a su erotismo de una intensidad que Arenas extraña en el exilio, ya en Nueva York, donde las relaciones homosexuales parecen transcurrir rutinariamente, sin transgredir norma alguna.

De la misma manera, Arenas no parece interesado en reinstaurar la –siempre relativa– autonomía del campo literario o en alejar la literatura de las pugnas políticas. Tampoco parece querer restituir los viejos límites entre lo público y lo privado y menos todavía devolver la sexualidad al lado de la esfera privada. De desearlo, eso haría: reservaría los relatos sobre su vida erótica para sí mismo y escribiría obras literarias –densas, difíciles, orgullosas de su “autonomía”– ajenas a la circunstancia política. Está claro que no lo hace: escribe, casi sin excepción, obras belicosamente políticas y publicita en ellas sus experiencias homosexuales. Esa es, de hecho, su estrategia política más efectiva: la repetida exhibición de sí mismo.

La primera imagen del primer capítulo de Antes que anochezca es la de un cuerpo sano y se diría que casi nuevo: “Yo tenía dos años. Estaba desnudo, de pie; me inclinaba sobre el suelo y pasaba la lengua por la tierra.” La última imagen es la de un cuerpo enfermo, contagiado de sida y minado por el cáncer, que contempla la luna mientras espera la muerte: “Y ahora, súbitamente, Luna, estallas en pedazos delante de mi cama. Ya estoy solo. Es de noche.” Entre un momento y otro se suceden otras muchas imágenes de Arenas, del cuerpo de Arenas, casi todas textuales pero también, a la mitad del libro, algunas fotográficas. En casi todas ellas es notorio el afán de Arenas por presentar su cuerpo despojado de metáforas, al margen de las categorías con las que los Estados y las ideologías suelen vestir a los cuerpos. Exhibe su cuerpo para mostrar la arbitrariedad de todas esas etiquetas –pájaro, escoria, proletario, varón, cubano– con que han querido reducirlo. Lo exhibe, también, como si se tratara de un trofeo: la prueba de que ese cuerpo, a pesar de los repetidos intentos por reprimirlo y normalizarlo, se mantiene inestable y deseoso.

Así se mantiene también hoy, veintitrés años después de la desaparición de ese cuerpo, el fantasma de Reinaldo Arenas: desobediente, incorregible, alucinante.

Confabulario, 14 de diciembre, 2013

La novela neoliberal

Santiago Roncagliolo
Óscar y las mujeres
Alfaguara, México, 2013, 314 p.

Óscar y las mujeres es, si así se quiere, una obra literaria singular y única. Es la sexta novela de un autor con nombre y apellido, Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), quien, de acuerdo con la solapa, ha sido traducido a veinte idiomas y vendido más de ciento cincuenta mil ejemplares. Es una obra cuya trama, aunque trivial y poco sorprendente, combina tropos y estereotipos y escenarios de un modo hasta ahora inédito –el personaje principal es un tal Oscar Califatto, guionista de telenovelas en Miami, y las trescientas páginas del volumen siguen, al parecer con humor, sus desventuras laborales y amorosas. Es, también y como cualquier pieza literaria, una particular suma de decisiones formales (este adjetivo en vez de aquel otro, un tono y no otro, ciertos recursos y hábitos) que ya los lectores aplaudirán o reprobarán.

Óscar y las mujeres es, en otro sentido, una mercancía editorial como muchas otras. Véase su empaque: no una cubierta inusitada, salida de ninguna parte, sino la acostumbrada desde hace años por Alfaguara, un sello que arrastra una historia y desempeña un cierto papel en el circuito editorial hispanoamericano. Véase su factura: no una escritura informe, difícil de clasificar, sino una novela que relame viejas convenciones, aprovecha los pactos de verosimilitud ya existentes y repite buena parte de las rutinas de otras muchas obras publicadas y premiadas por –digamos para acotar– Santillana, Planeta y Random House Mondadori. De hecho, no es aventurado afirmar que varias de las estrategias narrativas puestas en práctica aquí son, justamente, las estrategias hegemónicas de una cierta novela panhispánica promedio: narrador omnisciente y en tercera persona; español estándar, cuidadosamente expurgado de vocablos y modos locales que podrían obstruir su circulación en diferentes mercados nacionales; trama intimista, más o menos sentimental, empeñada en no atender el contexto en que se sitúa; tono levemente irónico que, en vez de demoler los estereotipos disponibles, los emplea un instante después de haberse burlado tímidamente de ellos; nulo compromiso político.

Este libro puede ser leído, así, de dos maneras: o bien como una obra literaria aislada, lo que obliga a fijar la mirada en su composición formal y dramática, o bien como un producto característico del negocio editorial presente, lo que implica mirar más allá del texto y atender el orden económico. Apenas si hay que decir que en las reseñas publicadas en blogs y diarios y revistas domina, y no por poco, el primer tipo de lectura –esa crítica literaria, y no cultural, que desprende los libros de su circunstancia material y los lee en el vacío, ya para celebrar su supuesta singularidad estética, ya para encontrar revelaciones sobre una pretendida condición humana. Una crítica, además, que, al revés de la producción cultural que dice revisar, apenas si se ha renovado. Allá afuera, en el transcurso de un par de décadas, el horizonte cultural dejó de ser lo que era: cambió el público, cambió la noción de autoría, cambió la industria editorial, cambió la forma de legitimación de las obras, cambió el sitio de la literatura en la comunidad y su estatuto entre las demás prácticas culturales. Solo esa crítica humanista, devota de una literatura con mayúscula, permanece fija en las viejas supersticiones: la centralidad del autor, la atemporalidad de lo literario, los privilegios de la literatura sobre las demás escrituras…

¿Cómo ocuparse, por ejemplo, del asunto de la autoría en obras como Óscar y las mujeres? Si me preguntan, habría que evitar a toda costa el culto romántico a la idea del autor y resistir las lecturas que ese culto impone: o lecturas biográficas o lecturas inmanentes que sitúan el texto solo al lado de otros textos del autor y así crean una ilusión de unidad autoral. Debería evitarse también la operación contraria: suponer que cualquiera puede maquilar estas obras y que, por lo mismo, es irrelevante atender a sus productores. No: no cualquiera escribe estos libros. Estos libros están escritos por un tipo particular de autores, por una clase de sujetos propia de este momento histórico. Esos escritores –impensables hace veinte o treinta años en el escenario latinoamericano– que moran no tanto en un determinado campo nacional como en el mercado panhispánico regido por los sellos españoles. Esos escritores que –al revés de los maquiladores anglosajones de best-sellers– tienen un pie en la industria del entretenimiento y el otro en el campo literario y son a la vez producidos por los departamentos de mercadotecnia de los grupos editoriales y legitimados por eventos y publicaciones creadas precisamente para ello (en el caso de Roncagliolo: Bogotá 39, Hay Festival, Grantaen español). Esos escritores que –en sintonía con las corporaciones transnacionales en que publican– crean obras desterritorializadas, desprendidas de toda comunidad, y escritas para todos y para nadie.

Más o menos de la misma manera tendría que pensarse el estatuto de estas obras: ni piezas excepcionales, distintas a todas las demás piezas, ni ordinarios best-sellers, iguales a todos los best-sellers que, desde el siglo XIX, acompañan a las obras literarias. No: libros como Óscar y las mujeres no son obras anómalas ni mercancías idénticas a las de otro tiempo. Son–otra vez– resultado de una circunstancia histórica específica. Esta circunstancia: la economía neoliberal y el tipo de literatura que privilegia. Se sabe: a partir de los años ochenta los procesos de globalización y liberalización económica transformaron drásticamente a las sociedades latinoamericanas y, en el camino, desplazaron las obras literarias a un nuevo espacio. También se conoce: la literatura latinoamericana, hasta entonces sin un lugar específico y más o menos vinculada a la discusión política nacional, fue mudada a un sitio propio, lejos de donde se debate lo público y cerca de la industria del entretenimiento. Desde luego hay quienes se resisten todavía hoy a la mudanza: esos autores que no admiten la distribución prevaleciente de los espacios y discursos y trabajan, obra tras obra, para devolverle relevancia a la literatura y conectarla una vez más con los asuntos de la comunidad. Por supuesto hay quienes sencillamente sonríen y obedecen: esos otros muchos escritores –Santiago Rocangliolo entre ellos– que aceptan el nicho que se les concede, posan para la foto y producen justo lo que la industria les demanda –bagatelas, enlatados, Óscar y las mujeres.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, mayo 2013

Leyendo a Peña Nieto

El pasado 21 de enero el presidente Enrique Peña Nieto visitó el municipio de Las Margaritas, Chiapas, para lanzar desde allí la así llamada Cruzada Nacional contra el Hambre. En esa comunidad, alguna vez ocupada por el Ejército Zapatista, y ante un nutrido corro de gobernadores y senadores y diputados y secretarios de Estado, Peña Nieto realizó una hazaña retórica nada modesta: presentó el que parece ser el principal programa social de su gobierno, expuso la manera en que el Estado mexicano se alista para combatir una vez más la pobreza, sin hablar apenas de la pobreza misma. Hay que ver: entre las dos mil y pocas palabras que leyó ese día ninguna fue desigualdad o inequidad o explotación o concentración o corrupción, y ni siquiera propiedadtenencia o mercado. Revísese el texto: dos mil palabras acerca de la “condición lacerante” que padecen millones de mexicanos y ni una línea sobre el modelo económico en que esa laceración tiene lugar, ni una referencia a la asimétrica distribución de los recursos, ni el más mínimo esfuerzo por identificar las causas de la miseria y de su violenta persistencia a lo largo de nuestra historia. Nada. Dos mil palabras. Aplausos.

Lo que sí hubo aquel día en el discurso presidencial fue un leve asombro (¡oh, Chiapas, tantas “selvas, agua en abundancia, climas y productos variados” y tanta miseria!) y una clara intención de minimizar el problema de la pobreza, de ubicarlo en los márgenes del país y no en el centro mismo de la sociedad mexicana. El escenario elegido para el evento es ya significativo: una comunidad en los bordes de la nación, casi en la frontera con Guatemala, y no cualquier ciudad, donde la pobreza urbana no es menos masiva ni menos escandalosa. También sintomáticos son esa negativa a conectar el fenómeno de la miseria con otros procesos sociales y el anuncio, repetido cuatro veces por Peña Nieto, de que la “primera prioridad” de la campaña es y debe ser atender los cuatrocientos municipios más necesitados del país, como si la pobreza fuera un mal incrustado en sitios precisos y pudiera ser extirpado sin necesidad de alterar el resto del sistema. Al final no extraña que, con un diagnóstico tan insuficiente, el gobierno proponga lo que propone, una cruzada asistencialista animada por la ciudadanía (“Las mujeres y los jóvenes serán el ejército que movilizará la Cruzada”), y no políticas de redistribución o reformas al modelo económico.

A estas alturas la detención de Elba Esther Gordillo tiene aún a la mayoría de los columnistas preguntándose si esa acción fue tan solo un acto aislado del gobierno o si ya revela el estilo personal de gobernar del nuevo presidente. Por lo pronto, esto puede decirse: a cien días de la toma de posesión es ya posible identificar un estilo personal de hablar de Peña Nieto y –¡malas noticias!– no es muy distinto a lo mostrado aquel día en Las Margaritas ni a lo que acostumbran desde hace años los dirigentes de los regímenes neoliberales. Para empezar, el tinglado discursivo de Peña Nieto se monta sobre ese lugar común que tantos han venido masticando desde la caída del comunismo: la idea de que ha terminado la era de los grandes proyectos políticos y es hora de ser eficientes. El primero de diciembre, en Palacio Nacional, Peña Nieto lo puso de este modo: “La democracia plena llevó su tiempo, pero hoy la democracia ha logrado consolidarse y ser parte de nuestra cultura.” Un día después, en la firma del Pacto por México, agregó: ahora que la democracia es ya una “realidad irreversible”, no queda sino dar “el siguiente paso en el perfeccionamiento democrático: transitar del sufragio efectivo al gobierno eficaz.” Una y otra vez aparece entre sus palabras ese término, eficacia, lo mismo que la noción de que el Estado, para ser eficaz, debe adaptarse al ritmo y las circunstancias del mercado global. Es decir: el Estado no está ahí para alterar ese ritmo y esas circunstancias, y ni siquiera para servir de contrapeso a las dinámicas mercantiles, sino –tal como dejó ver la reforma laboral– para adecuar las leyes y estructuras al estado actual de las relaciones sociales. Es, al fin y al cabo, el argumento de la modernización que tantas veces han blandido los gobiernos latinoamericanos: vamos a destiempo, un paso atrás del mercado, y la prioridad es darle alcance, no desarrollarnos más equitativamente. Es, también, ese falso realismo que Jacques Rancière descubrió en las democracias consensuales: “la lógica policial del orden afirma, en cualquier circunstancia, no hacer más que lo único que es posible hacer.”

Desde luego que un gobierno que insinúa que los proyectos ideológicos son cosa del pasado, y se define como un “gobierno facilitador” (EPN, 1 de dic.), hará cuanto sea posible para distanciarse de la dicotomía izquierda/derecha y situarse en un supuesto centro político. Desde luego que evitará mezclarse en polémicas culturales (véanse las tímidas referencias de Peña Nieto a la historia mexicana) y gastará un lenguaje técnico, desprovisto de toda ilusión política y saturado de términos (eficacia, excelencia, calidad) que rara vez alientan la controversia. Desde luego que revestirá sus acciones con un lenguaje de unidad y consenso (alianza, frente común, Pacto por México) y advertirá que todo disenso no es sino “encono” y “discordia” y que, por lo mismo, puede ser “desterrado” (EPN, 1 de dic.) con buena voluntad. Todas estos recursos retóricos, practicados por Peña Nieto en todos y cada uno de sus mensajes públicos, persiguen al final un efecto nada democrático: ocultar el conflicto, negar el antagonismo social y político.

Aunque ya un tanto obvio y gastado, este tipo de discurso no deja de plantear problemas a todos aquellos que, ubicados a la izquierda del espectro político, deseamos debatirlo. Por una parte, esconde su signo ideológico detrás de una superficie tecnocrática –y de ese modo condena a sus antagonistas a debatir técnicamente o a practicar una suerte de crítica que ya otros tacharán de paranoica o sospechosista. Por otra parte, al jugar la carta de la unidad y el consenso, reduce el espacio para el desacuerdo. Por ejemplo, si uno señala las limitaciones del Pacto por México y advierte sobre el peligro de acotar la política al acuerdo entre las fuerzas ya constituidas, ya escucha: ¿qué tú no estás con México? De un modo u otro, es urgente superar el impasse en que se encuentra la opinión pública de izquierda desde el primero de diciembre del año pasado (impasse solo roto por algunas voces aisladas y refrescantes, como las de los miembros del colectivo Democracia Deliberada) y oponer un discurso de veras crítico a las palabras del gobierno.

Ese contradiscurso, me parece, debe cumplir con, por lo menos, cinco tareas:

Primero, insistir una y otra vez en que debajo de las políticas y el habla de los dirigentes estatales hay una ideología y tiene nombre: neoliberalismo.

Segundo, poner en suspenso el término restauración (que tiene a muchos meditando si esta o aquella práctica es o no esencialmente priísta) y activar un signo que le va mejor al gobierno de Peña Nieto: continuismo.

Tercero, señalar cuantas veces sea necesario que el conflicto social existe, que no ha sido sembrado allí por el encono de algunos actores políticos y que no desaparecerá con acuerdos cupulares ni programas asistencialistas ni llamados a la buena voluntad.

Cuarto, rechazar la idea de que no hay más soluciones que las que el gobierno ofrece y alumbrar otras experiencias políticas y sociales exitosas, nacionales o comunitarias.

Quinto, denunciar todo intento de reducir la política al acuerdo entre partidos y grupos de poder y advertir que hay, y siempre habrá, otros muchos sujetos políticos: minorías, comunidades, multitudes.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, abril 2013

Narrativa de la restauración

Juan Pablo Villalobos
Si viviéramos en un lugar normal
México, Anagrama, 2012, 188 p.

Una magnífica primera novela. Una novela corta de una loca originalidad que hiela la sangre. Cómica, convincente, terrorífica. En apariencia simple, pero altamente sofisticada. Una denuncia subversiva. Fulminante. Estos son apenas unos cuantos de los muchos elogios que ha recibido aquí y allá Fiesta en la madriguera (2010), la primera novela de Juan Pablo Villalobos, traducida casi de inmediato a catorce idiomas. A estas alturas los elogios deben sumar ya más de las ciento y pocas páginas del libro, en teoría uno de los acercamientos literarios más poderosos al asunto del narcotráfico en México. La novedad, se dice, estriba en la voz narrativa: es un niño, Tochtli, el que cuenta la historia de su padre, líder de un cártel, y la cuenta como, al parecer, lo haría un niño –sin explicaciones generales ni indagaciones periodísticas ni crítica política. La ventaja, se añade, es el punto desde el que se mira el fenómeno: no desde arriba, intentando comprender el sistema en que operan los cárteles, ni tampoco a ras de suelo, contando crímenes y cuerpos, sino a la altura de los ojos de un niño que de vez en vez se cuela entre los adultos y algo atisba.

Si me preguntan, es justo lo contrario: son esa voz y ese sesgo los que hacen deFiesta en la madriguera uno de los relatos menos consistentes que se han producido de unos años para acá en torno al narcotráfico. Más todavía: en vez de proponer una perspectiva singular del asunto, la novela arrastra muchos de los tópicos a los que nos ha acostumbrado la así llamada narconarrativa (el capo, las joyas, el palacete) y repite no pocos de los hábitos que críticos como Oswaldo Zavala han ya denunciado –desdeña los procesos sociales, desprende a los cárteles de otras instancias políticas y financieras, se encandila con la titilante superficie del fenómeno. Sucede algo más grave y, eso sí, inusitado: como todo es narrado por un niño que opina que “la mayoría de los libros hablan de cosas que no le importan a nadie y que no sirven para nada”, y al que el mundo le parece enigmático y desmesurado, los cárteles aparecen como entidades misteriosas, casi etéreas, prácticamente inefables. Bonita narcopoética: creer que el narco es indecible, creer que la narrativa apenas dice.

Si viviéramos en un lugar normal es la segunda novela de Villalobos (Guadalajara, 1973) y no es intelectualmente más potente que la primera. La trama se sitúa esta vez en Lagos de Moreno, unos meses antes y unos meses después de la llegada de Carlos Salinas de Gortari a la presidencia, y refiere la historia de una familia –papá, mamá, siete hijos– que sobrevive, como se repite una y otra vez, a base de quesadillas (“quesadillas inflacionarias”, “quesadillas normales”, “quesadillas devaluación”, “quesadillas de pobre”). El narrador no es ahora un niño sino uno de los hijos mayores, Orestes, quien, ya adulto, recuerda su paso “de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a la juventud, alegremente condicionado por lo que algunos llaman visión pueblerina del mundo, o sistema filosófico municipal”. Hay, salpicados por aquí y por allá, inmigrantes polacos, sinarquistas furiosos, vacas inseminadas, naves espaciales y sandías psicotrópicas –así como en el otro libro había espadas de samuráis, safaris por África e hipopótamos enanos de Liberia– y hay, también, un persistente sentido del humor que depende, en buena parte, de la exageración y la caricatura.

En aquella novela Villalobos se acercaba al asunto del narco no para pensarlo ni cronicarlo ni denunciarlo: se acercaba a él y punto. Acá ya no sorprende que vuelva al México de finales de los años ochenta con un par de objetivos bastante irrelevantes: congelar ese país en una caricatura, burlarse un segundo después de la caricatura. Que nadie espere encontrar aquí una exhaustiva reconstrucción de esos años, o una radiografía del pasado con la mira puesta en el presente, o una mordaz crítica de los estereotipos que empleamos para pensar el México priísta. Lo que hay es una escritura que, convencida de su escaso poder crítico, se divierte con algunos lugares comunes y obliga a sus personajes a representar pesados roles alegóricos. Por allá aparece un policía, que muy pronto se torna el Policía, y por acá irrumpen el Profesor y el Político y el Rico y los Pobres. Solo en el penúltimo apartado todos entran en contacto y solo entonces el relato cobra cierta fuerza: se desvanecen los tipos, se alumbran las asimétricas relaciones entre unos y otros.

Lo que está en curso aquí es una suerte de restauración. Cuando uno lo creía ya vencido, se asoma en estas páginas ese mito que animó durante tanto tiempo a tanta literatura escrita desde y sobre México: el mito del México excepcional y surrealista. Ya lo advierte el título: este es un sitio como ninguno otro. Ya lo remachan todos y cada uno de los siete capítulos: este es un país tan peculiar que en él todo adquiere una tonalidad pintoresca y lo que en otros sitios se vive como tragedia aquí se experimenta como parodia y relajo. Da lo mismo si se habla de pobreza, corrupción, lucha de clases o, en el caso de Fiesta en la madriguera, violencia y narcotráfico: todo es puro folclore, típico desmadre mexicano, y es mejor reírse y hasta sentirnos un poquito orgullosos de lo singulares que somos. Bonita literatura para el sexenio que empieza: una narrativa que trae de vuelta viejos hábitos mientras se finge muy contemporánea.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, marzo 2013

Esto no es una reseña

Granta en Español
Número 13, otoño 2012, 294 pp.

Esto es lo que hay: un objeto –un objeto que mide 21 centímetros de alto por 15 centímetros de largo, pesa 440 gramos, cuesta 250 pesos en librerías mexicanas y tiene una cubierta rosa salpicada aquí y allá por unas cuantas esferas azules y no pocas letras rojas y negras.

En la tapa: el nombre de la revista, el número de la edición y veintitrés equis que se suceden mecánicamente hasta que aparece la ¿abreviatura? M E X.

En la contra: un código de barras, una dirección electrónica (www.duomoediciones.com) y una descripción, bastante inane, de los textos que se incluyen (“Fabio Morábito presenta al diablo”, “La envidia fraterna según Álvaro Uribe”, “La fórmula de la tranquilidad de Guadalupe Nettel”…)

Adentro: veintitrés anuncios publicitarios y el mismo número de intervenciones literarias, presentadas en aparente desorden, sin distinciones nacionales o genéricas. Ahora una pieza teatral de Hugo Hiriart. Ahora una viñeta histórica de Pablo Soler Frost. Ahora un cuento de Marie Darrieusssecq. Ahora una ficción autobiográfica de Valeria Luiselli. Ahora un relato de Alain-Paul Mallard, y una crónica de Stanley Booth, y un apunte de Richard Ford, y un recuerdo de Sandra Cisneros, y una pieza de David Miklos, y una narración de Verónica Murguía, y un manifiesto de Roberto Bolaño.

¿Qué hacer? ¿De qué manera leer este artefacto? ¿Como un número más de una revista literaria que, en sincronía con el espíritu de los tiempos, no pretende otra cosa que ofrecer un poco de entretenimiento? ¿Como una antología de cierta literatura mexicana? (¿Qué literatura?) ¿Como una intervención en un campo literario específico? (¿Qué campo?) Es inútil recorrer las páginas de este volumen en busca de pistas o aclaraciones: no las hay –no hay siquiera una nota que explique los criterios de la selección. Para encontrarse con alguna declaración de los editores Valerie Miles y Aurelio Major, es necesario ir más allá y visitar la página web de la revista o atender una entrevista aparecida en Milenio. Ahí uno descubre: que la literatura mexicana ha sido absorbida desde hace algunos años por el tema del narcotráfico y la violencia, que sin embargo tiene “otra cara”, que es hora de mostrar esa cara al mundo y que este número de Granta es –¡gracias,Granta!– una muestra de esa otra literatura mexicana.

Todavía hasta hace no mucho tiempo la mayor parte de las obras literarias se enunciaba desde un sitio preciso y, por lo mismo, era más o menos fácil ejercer el oficio crítico. Uno tomaba una obra y la leía dentro del marco nacional que le correspondía, revisaba sus afinidades y tensiones con un determinado canon, atendía la manera en que reafirmaba o deconstruía ciertos tropos locales y el modo en que interpelaba a una comunidad de lectores de contornos más o menos discernibles. Hoy, está claro, ese tipo de acercamiento es ya insuficiente, y en algunos casos, sencillamente imposible. Por ejemplo, si hubiera que fijar Granta en un solo sitio, ¿dónde sería? La marca es inglesa, la versión en castellano se edita en Barcelona, el grupo editorial que la financia es italiano y el ejemplar que tengo enfrente fue impreso en algún rincón de México. Más importante, ¿a qué público se dirige un número como este? En rigor, no a los lectores mexicanos pues, a estas alturas, ninguno de ellos necesita que se le descubran los nombres de Hugo Hiriart, Fabio Morábito o Álvaro Uribe y solo los más inocentes se creerán ese cuento de que la literatura escrita en el país padece una fijación con el narco y de que, por lo mismo, toda escritura que no se ocupe de ese tema es marginal y contrahegemónica. Siendo honestos, tampoco apela a ningún otro público nacional, y menos a una comunidad pequeña y concreta, sino a ese etéreo pero rentable auditorio panhispánico que ciertas editoriales españolas insisten en alimentar y regir desde Madrid y Barcelona. Es decir: se dirige a todos, se dirige a nadie.

Alguien dirá que, más allá de las transformaciones del circuito editorial, las instrucciones de todo volumen literario siguen siendo las de siempre: acercar la cara a la página y pasear los ojos de izquierda a derecha y de arriba abajo. ¿De verdad? Hágase el intento de leer estos textos, del primero al último, concienzudamente, y tarde o temprano se experimentará una cierta sensación de banalidad. ¿Qué hace uno leyendo tan en serio un objeto como este? Es como ir a la inauguración de una bienal de arte y obstinarse en contemplar exhaustivamente cada pieza y en ignorar todas las demás dimensiones del evento –los intereses económicos que lo animan, el performance de los asistentes, el código que los rige, las relaciones que se crean y desvanecen en el momento. Es obvio que lo que importa aquí y allá no son tanto las obras –logradas o fallidas, potentes o blandas– como las inclusiones y exclusiones que la selección genera: quién quedó dentro y quién quedó afuera. En el caso de Granta se conoce el objetivo de esas selecciones, no distinto al de tantos premios y festivales literarios: cotizar a ciertos autores y publicitarlos en el mercado. No por nada Mario Bellatin –capaz como ningún otro narrador mexicano de pensar a la vez la literatura y la institución literaria– respondió a la convocatoria de los editores de manera genial: entregando una página en blanco. ¡El texto es irrelevante!

Esto propongo: no abrir el volumen o, en todo caso, picotearlo con cuidado, sin dejarse absorber por la mancha de tinta, sin ceder a la costumbre de fascinarse con las palabras. En vez de pegar la nariz a la página, sugiero tomar distancia y pensar. Sí, pensar. Pensar este número de Granta no como una pieza literaria única sino como un producto cultural situado entre otros muchos productos culturales similares, inscrito en un determinado sistema editorial y con funciones primordialmente comerciales. Pensarlo como un fruto típico de cierta globalización literaria, a la vez dinámico e insulso, libre de ataduras genéricas y lastres nacionalistas pero desprendido también de toda comunidad de lectores y, por lo mismo, incapaz de incidir en un sitio y explotar aquí y ahora. Pensarlo como un objeto. Vamos, como una mercancía.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, enero 2013

Adiós al consejo editorial de Letras Libres

Querido Enrique:

He decidido abandonar el consejo editorial de Letras Libres.

Como sabes, desde hace tiempo me he ido desplazando hacia la izquierda y, casi por carambola, mi distancia intelectual e ideológica con la revista ha crecido, al grado de que hoy rara vez coincido con sus posturas políticas y estéticas. Ocupada en censurar toda práctica de izquierda, la revista desatiende sistemáticamente asuntos que me parecen cruciales: la desigualdad, la exclusión, la precariedad económica. Consagrada a defender un liberalismo que terminó por volverse hegemónico, apenas si hace la crítica de nuestro presente, de las sociedades capitalistas y democracias liberales en que vivimos.

Como también sabes, no comparto la hostilidad de buena parte de los consejeros ante todo aquello que rebasa los bordes del humanismo liberal (la “teoría”, la academia, los estudios culturales, el arte contemporáneo, las vanguardias, los estridentistas, Papasquiaro… y lo que se acumule esta semana), y desde luego no planeo sumarme a ninguna cruzada contra ello.

Se me ha dicho que puedo expresar mi disenso –siempre y cuando no sea radical– en las páginas de Letras Libres y dar la lucha desde el consejo. No estoy seguro de lo segundo: mi función como consejero editorial ha sido siempre menor (rara vez se me ha consultado algo) y, a mi juicio, los dos o tres dictámenes críticos que entregué sobre la revista no fueron atendidos. En cuanto a lo primero: me parece mejor exponer mi desacuerdo –a veces radical– desde otra parte.

Un abrazo.

Rafael Lemus

(Carta abierta a Enrique Krauze enviada a la redacción de Letras Libres.) 

Ampliación del campo de batalla: crítica literaria y medios digitales

Se oye decir demasiado seguido que la crítica literaria está en crisis. Se escucha que su tiempo –una supuesta época en la que los críticos habrían dominado y definido el gusto literario– ha llegado a su fin y que es ya otro el escenario, no uno saturado de revistas y suplementos culturales sino de dispositivos digitales por medio de los cuales miles, no, millones de personas opinan incansablemente sobre asuntos literarios. Incluso hay valientes que ya han fijado la fecha de defunción de la crítica literaria: el 18 de septiembre de este año, el día de la muerte del crítico alemán Marcel Reich-Ranicki, el “último de los grandes críticos”, se agrega. ¿Es necesario decir que la mayoría de estos lamentos suelen ser proferidos desde publicaciones impresas y por autores respaldados por obras publicadas o títulos académicos? ¿Hay que añadir que acostumbran representar a los usuarios de internet, a los blogueros, a los tuiteros, en términos nada amigables, a veces como mero ruido, otras como un peligro, de pronto como enemigos?

Quizá también sobre aclarar que este proceso, el de la irrupción de nuevos actores en la discusión, no es exclusivo de la crítica literaria ni, para el caso, del campo literario. Se sabe: de unos años para acá está en curso una intensa transformación de la esfera pública en diversas sociedades y, casi por carambola, una profunda redistribución del trabajo intelectual. Dígase globalización o digitalización de la cultura: el hecho es que la esfera pública se ha expandido y que millones de hombres y mujeres han emergido de pronto en la conversación pública y empujado, con ese solo acto, un nuevo reparto de la voz y la autoridad y la palabra. Desde luego que todo esto no ha estado exento de conflicto ni de violencia simbólica y que ha roto todo consenso estético que pudiera haber subsistido. En el caso que nos ocupa, la emergencia de miles de individuos que escriben –con más o menos frecuencia, con más o menos impacto– sobre libros y autores en blogs y redes sociales ha dado lugar a esas tensas situaciones de conflicto que Jacques Rancière ha llamado desacuerdos. Un desacuerdo no es un mero malentendido que ya se resolverá cuando los actores crucen sus argumentos. No es tampoco un diferendo radical, un desencuentro de opiniones irreductibles. Por el contrario: la forma típica del desacuerdo, como indica Rancière, es esa en la que una persona dice blanco y otra dice blanco y sin embargo no se entienden. En este caso: esas situaciones en las que un crítico, por ejemplo, escribe que una obra es válida, o que un autor es vanguardista, o que un libro se inscribe en determinada tradición cultural, y un bloguero escribe prácticamente lo mismo, y sin embargo uno y otro no terminan de comprenderse. El crítico no entiende del todo por qué ese tipo, sin credenciales ni publicaciones previas, opina públicamente –y con tal seguridad– sobre asuntos literarios, mientras que el bloguero no reconoce la autoridad que el crítico reclama sobre esos temas.

A estas alturas conocemos bastante bien la estrategia de muchos intelectuales cuando sienten desafiada su autoridad en la discusión pública: se obstinan en marcar de nuevo una frontera entre ellos y los demás, una distinción entre su habla y la de los otros, entre su saber y el de los otros. Los hemos visto: aseguran que su discurso está colmado de razón y ciencia mientras que el de los otros, afirman, es apenas opinión y afecto. Los hemos escuchado: señalan que es saludable, y hasta emocionante, que la gente opine sobre literatura pero a la primera oportunidad ya deslizan que esas opiniones son eso, meras opiniones, y que provienen al fin y al cabo de lectores amateurs que carecen de formación académica, desconocen en mayor o menor grado la tradición literaria y están demasiado expuestos a la publicidad de las grandes corporaciones editoriales. Acaso la declaración más emblemática al respecto sea hasta ahora la del inglés Peter Stothard, editor del Times Literary Supplement y presidente del jurado del premio Booker. Escribió Stothard no hace mucho: “Los blogs están ahogando a la crítica seria, en perjuicio de la literatura.” Añadió con un dejo aristocrático: “Es maravilloso que haya tantos blogs y sitios de internet dedicados a la literatura, pero ser un crítico es una cosa muy distinta a solo compartir el gusto propio. No todas las opiniones valen lo mismo.”

Desde luego que en el orbe hispanoamericano, donde los fantasmas de Rodó y Ortega y Gasset continúan diseminando su orgulloso elitismo, y donde Mario Vargas Llosa viaja y viaja y viaja sermoneando sobre el peligro que internet representa para la “alta cultura”, no escasean las declaraciones en ese tono. Tres ejemplos:

Habla Jorge Aulicino, poeta y periodista argentino: “No hay una democratización de la crítica sino de la opinión. No creo que la opinión de la crítica pueda ser anulada por la opinión de los lectores.”

Habla Juan Antonio Masoliver Ródenas, escritor y crítico español: “Hay blogs y revistas digitales excelentes… Pero nada impide ahí la improvisación, el amateurismo, el narcisismo, y confundir criticar con destruir.”

Habla José María Pozuelo Yvancos, catedrático de literatura comparada en la Universidad de Murcia: “Ningún suplemento cultural llama a cualquiera para que hable según le parezca de literatura, sino que los buenos se han rodeado de expertos, han reclamado el concurso de quienes saben hablar el idioma literario.”

Lo primero que hay que decir es que esos argumentos son, en más de un sentido, falsos. Es mentira que el discurso de los críticos y académicos sea objetivo y esté libre de emoción y subjetividad e ideología y que el de los otros carezca de racionalidad y sustento. Es también mentira que solo los críticos estén familiarizados con la tradición literaria y, para el caso, que solo las lecturas historicistas, atentas a las circunstancias sociohistóricas en que fueron producidas las obras, sean válidas y fértiles. Es mentira, por último, que los lectores que hoy participan en el debate por medio de internet no tengan experiencia alguna comentado libros. Una noticia para los distraídos: desde hace siglos, desde que los textos circulan masiva e incontrolablemente, la práctica de la lectura ha estado asociada a la de la escritura. Dicho de otro modo: son legión los lectores que acompañan su lectura con algún tipo de escritura (subrayados, asteriscos, notas al margen) y son todavía más los que acostumbran compartir con otros (en casa, en el colegio, en el café, en el bar) sus ideas e impresiones sobre lo que han leído. Así que no: el lector no es un aficionado, ni un ignorante desprovisto de referentes estéticos, históricos y sociales contra los cuales valorar sus lecturas, ni un pobre diablo ajeno al logos y condenado al blando terreno de la doxa.

Todavía más importante: debajo de esos argumentos con los que no pocos intelectuales intentan desestimar a los nuevos actores se oculta un severo desprecio por la democracia. Hay que ver: primero se obstinan en marcar una raya entre su saber y el de los otros, entre su discurso y el de los demás, sin importarles que con ello dividan el mundo en seres más y menos racionales, con más y menos verdad, con más y menos autoridad. Una vez hecho esto, ya desprestigiado el adversario, van aún más allá y se atreven a privatizar lo común, a exigir una cierta propiedad sobre los relatos y signos literarios, que son de todos y de nadie, no más de unos que de otros, y que están ahí, expuestos, sin instrucciones, para que cualquiera los ocupe y utilice a su manera.

Ahora bien: ¿qué hacer? ¿Qué postura adoptar ante las circunstancias actuales? ¿Hacer como algunos intelectuales y desdeñar a los cibernautas para de ese modo salvar al crítico y mantener su primacía en el debate, o, por el contrario y como quiere Rancière, aceptar la igualdad de inteligencias y de esa manera negar toda autoridad del crítico sobre los demás lectores? Esa es la cuestión: ¿o marcar distinciones entre unos y otros saberes, entre unas y otras personas, o no hacerlo y enfrentar las democráticas consecuencias del tal desorden? Si me preguntan, es necesario actuar de manera doble: hay que defender y hundir al crítico al mismo tiempo; hay que proteger su oficio, su función, sus recursos, sus protocolos, sus espacios, pero no su autoridad ni su pretendido privilegio epistemológico. En otras palabras: es necesario, por una parte, defender –contra los enemigos de las humanidades– la supervivencia de esos hombres y mujeres que, ya desde la academia o dentro del campo cultural, se dedican a escribir sobre literatura y a actualizar los archivos literarios; por la otra, es hora de que los críticos renuncien, renunciemos, a nuestros viejos e injustos privilegios, ahora ya anacrónicos, propios de una época en la que solo unos pocos publicaban y no de un tiempo en el que millones de personas pueden autopublicarse. Esto digo: sigamos haciendo lo que hacemos, escribir sobre literatura, pero sabiendo que otros millones hacen ya lo mismo, en otras instancias y con los recursos a su disposición, y que no podemos reclamar prerrogativa alguna, ni exigir un estatuto especial para nuestras creaciones, ni privatizar para nosotros y nuestros colegas lo que es de todos. Tampoco es que importe demasiado si autorizamos o no lo que otros lectores hacen: no necesitan nuestro consentimiento para seguir haciéndolo.

Piénsese en este congreso: un grupo de personas, en su mayoría hombres, en su mayoría blancos, en su mayoría trajeados, perorando, con una autoridad ganada quién sabe dónde, sobre la lengua que millones de mujeres y hombres usan y reinventan allá afuera. Piénsese en el Instituto Cervantes, en la Real Academia Española y en sus asociaciones nacionales: instancias de control –diría Foucault– que se oponen a la proliferación de discursos y se obstinan en regular y gestionar algo, la lengua, que nada más no les pertenece. Justo de manera contraria imagino la discusión literaria: intensa, encendida, conflictiva, autorregulada, sin instancias de control. No una comunidad de críticos y académicos sino un espacio de conflicto en el que críticos, académicos, escritores, periodistas, blogueros, tuiteros y lectores puedan hacer de pronto equipo para avanzar juntos, y contra otros, sus poéticas, sus ideas estéticas, sus agendas políticas. No un congreso entre pares sino un campo de batalla, un amplio campo de batalla. 

(Ponencia leída hoy en el VI Congreso Internacional de la Lengua Española, Panamá 2013.)

El espectáculo de la “literatura mundial”

Todavía hasta hace no mucho tiempo un escritor mexicano escribía resignadamente para los lectores mexicanos. Se sabía que solo unas cuantas obras literarias conseguían atravesar las fronteras del país y que aún menos alcanzaban a dar el salto a otro idioma y, tal vez por lo mismo, se producían libros y libros obstinados en descubrir, construir, derruir la identidad nacional. De dos décadas para acá, sin embargo, es bastante más fácil rebasar los bordes de las literaturas nacionales y circular en ámbitos más amplios. Nada más hay que ver: hoy son legión los narradores latinoamericanos que tienen agentes y viajan a ferias y son publicados en España y traducidos a uno y otro idioma. Además: si son traducidos, rara vez es porque sus obras hayan tenido cierto impacto al interior de sus literaturas locales y demanden circular en otros sitios. Casi por el contrario: si tienen algún impacto en su país es porque han sido editadas en un sello español o porque se sabe que serán traducidas o porque sus autores han sido previamente legitimados en eventos internacionales. Desde luego que los escritores que se benefician de este orden de cosas murmuran una y otra vez que todo se debe a su talento, como si sus obras fueran necesariamente superiores a las de esos colegas que, pobres, no son atendidos más allá de su país o a las de aquellos viejos que, tontos, no supieron escribir más que en clave nacionalista. Desde luego que no es así. Si los narradores latinoamericanos circulan hoy más que antes no es porque sean mejores o más universales que los narradores latinoamericanos del pasado sino porque, sencillamente, hoy es más fácil andar por circuitos internacionales. Piénsese en internet y las redes sociales. Piénsese en el alcance de las editoriales españolas. Piénsese, sobre todo, en el presente económico: un capitalismo global que rebasa el marco de los estados nacionales y demanda mercancías, cada vez más mercancías, que puedan viajar ligeramente.

Ya se sabe que las fuerzas económicas se acompañan siempre de discursos que tienden a justificar sus prácticas. Se conoce también el gastado truco de esos discursos: minimizar precisamente los factores económicos y explicar los fenómenos en clave meramente simbólica. Así sucede en el ámbito editorial: a la vez que se expande y globaliza el mercado, irrumpen discursos que presentan el fenómeno no como resultado de ciertos procesos económicos sino como una victoria casi espontánea del universalismo, como una conquista del espíritu humanista. Puede verse: a partir de los años noventa se suceden textos y manifiestos –sí: McOndo y el Crack en el caso latinoamericano– que proclaman la extinción de las literaturas nacionales y el nacimiento de una literatura mundial en la que todos los escritores participan, pretendidamente, en igualdad de circunstancias.

Pocos entre nosotros han expuesto con más convicción este discurso que Christopher Domínguez Michael. En un ensayo (“¿El fin de la literatura nacional”) publicado primero en la Nouvelle Revue Francaise (núm. 575, 2005) y luego en el periódico Reforma (El Ángel, 21 de agosto, 2005) Domínguez Michael sostiene que, gastada la “identificación romántica entre cultura y nación”, las literaturas nacionales están a punto de extinguirse y diluirse “en el seno de la literatura mundial”. No cualquier literatura mundial: una república de las letras que, gracias a los efectos de la globalización, es ya de veras mundial y se diría que casi idílica. Una república democrática, sin fueros ni excepcionalismos: “Es hora de asumir que la fiesta terminó y que el precio de haber ganado un lugar en la literatura mundial se traduce en el fin de nuestra excepcionalidad y de los fueros que el realismo mágico, falso o verdadero, conllevó.” Una república igualitaria, sin centros ni periferias: “Hoy día, un escritor mexicano o colombiano tiene la misma oportunidad sobre la tierra –para seguir parafraseando a García Márquez– que un escritor checo o irlandés, para insistir en otras viejas periferias que, como la latinoamericana, acabaron por ocupar el centro.” Una república pacificada, desprovista de tensiones poscoloniales: “Salvo en el alma envenenada de racismo invertido de algunos profesores, no existe, ni ha existido jamás, en México ni en el resto de América Latina, una ‘literatura postcolonial’.” En suma, una literatura mundial que es, curiosamente, el envés del mundo: justa y apacible, alumbrada por “el universalismo de las Luces” y en la que el “talento individual” termina siempre por imponerse.

Por supuesto que hay algo de verdad en todo esto: los mitos sobre el alma nacional han sido felizmente vapuleados y –como han mostrado Pascale Casanova, Franco Moretti y otros teóricos de la World Literature– los esquemas nacionales con que suelen estudiarse las literaturas no alcanzan ya a referir los acelerados procesos de transferencia cultural actuales. También es cierto que existe un vasto circuito internacional de comercio de libros en el que cada vez más actores participan y para el cual cada vez más narradores escriben. Lo que cuesta aceptar es esa idea de que las literaturas nacionales se han extinguido cuando está claro que los imaginarios nacionales siguen pesando, que los mercados locales y globales se traslapan y que las obras culturales participan a la vez, y con efectos distintos, en ámbitos locales, nacionales e internacionales. Lo que de plano no se puede tolerar es esa noción de que la literatura mundial es una república justa y apacible. No: es asimétrica y el poder y la voz están distribuidos inequitativamente. No: es jerárquica y existen centro y periferia, literaturas mayores y menores, idiomas más y menos prestigiados, poéticas más y menos rentables.

Al final del día no existe ningún escritor mundial. Lo que hay son escritores plantados en un sitio u otro, afectados por estas o aquellas ideologías, atados a un idioma, que escriben obras que apelan a unos lectores y no a todos. Los escritores mundiales, por tanto, deben ser producidos –y rápidamente. En nuestras sociedades de consumo el mercado editorial no puede esperar a que un autor se imponga por sí solo y traspase poco a poco sus fronteras locales; debe mundializar escritores cuanto antes. ¿Cómo? Por medio de la publicidad y el espectáculo. Así: con giras de promoción, con encuentros internacionales, con concursos literarios cuyo cometido no es tanto reconocer el trabajo de un autor como producir capital –capital simbólico para los nuevos y viejos autores que reciben el premio, capital a secas para las empresas editoriales que organizan todo el tinglado. Además, ya creado ese escritor mundial, es difícil que caiga y vuelva al ámbito de donde vino. El tipo puede perpetrar las obras más atroces y los críticos pueden cebarse casi unánimemente contra ellas y no pasará demasiado: los dardos de los críticos rara vez atraviesan las fronteras y apenas si pueden contra el prestigio de una figura avalada por las grandes editoriales y los grandes premios.

Buena parte de este espectáculo está montado, en el caso latinoamericano, por empresas e instituciones españolas. Tusquets, Anagrama, Babelia, la versión en castellano de Granta, el Instituto Cervantes, la Casa de América. O mejor todavía: Santillana, Planeta, Random House Mondadori. En otros tiempos uno hubiera recordado que, detrás de los discursos panhispanistas formulados desde España, suele ocultarse –como quería Fernando Ortiz– una ideología “neoimperialista” que, a la vez que proclama la existencia de una cultura común a todas las naciones de lengua castellana, tiende a ocultar las radicales diferencias socioeconómicas entre España y algunos países latinoamericanos y a justificar los intereses comerciales de las empresas españolas en América Latina. Ahora que el orbe literario es supuestamente amigable y los reclamos poscoloniales son solo producto de “almas envenenadas”, al parecer no queda más opción que aplaudir y sumarse acríticamente al espectáculo.

Uno de los trucos que más se celebra a los escritores latinoamericanos en ese espectáculo globalizado es desdeñar sus escenarios nacionales y ubicar sus ficciones en la Alemania nazi o en algún rincón de Asia, “luchando –como ha escrito Enrique Serna– contra el estigma nefando de haber nacido en la colonia Narvarte”. Otro es escribir un español “estándar”, sin marcas regionales, listo para ser traducido. Parecería incluso que para algunos escritores la lengua no es ya su materia prima sino un lastre: eso que delata un origen, eso que dificulta el libre tránsito de las mercancías. Un último y multipremiado truco: maquilar una escritura que viaje por todas partes y no incida en ninguna, que consienta a distintos públicos y no afecte a ninguno; una escritura que, en vez de arrastrar esos reclamos de reconocimiento característicos de las literaturas menores, se crea el cuento de que ya no hay periferia y de que todos habitamos parejamente el mundo.

Que quede claro: no se trata de tomar el lápiz y recalcar los bordes de las literaturas nacionales, y menos todavía de atizar el burdo nacionalismo y alentar obras folclóricas o esencialistas. Justo lo contrario: hay que aprovechar que el campo de acción se ha extendido y arrastrar las disputas ideológicas más allá de las fronteras. Porque vaya que hay motivos de disputa. Porque el escenario, aunque globalizado, sigue siendo injusto. Porque, al fin y al cabo, esa literatura mundial que tantos celebran no es el fin de la historia. 

(Publicado en Letras Libres, julio 2012)

“Los recuerdos del porvenir” o el tiempo de la política

Horror: la imagen de Elena Garro que circula aquí y allá. No tanto una escritora (la dramaturga de Felipe Ángeles [1979], la cuentista de La semana de colores [1964], la novelista de Testimonios sobre Mariana [1981]) como una anciana desquiciada, histérica, corroída por el rencor a Octavio Paz. No una de las primeras autoras mexicanas en participar, con sus relatos y obras de teatro, en los debates sobre la Revolución y el régimen que le siguió sino una mujer que, perturbada, sirvió como informante al gobierno de Díaz Ordaz en 1968. Por fortuna basta con volver a Los recuerdos del porvenir (1963), su primera novela, publicada hace cincuenta años, para contrapesar, e incluso desmentir, esa imagen. Es cosa de leer las primeras páginas del libro para darse cuenta de que no se trata de una obra intimista y claustrofóbica, producto de una mente obsesiva, ni de un relato político de corte conservador. Todo lo contrario: es una intervención, bastante radical, en el espacio público mexicano.

Se conoce el escenario en que se ubica la novela: Ixtepec, un pequeño pueblo en el sur de México, a finales de los años veinte. Se conoce la estrategia narrativa: es el propio pueblo, Ixtepec, el que relata la anécdota, a veces en primera persona, como un montón de piedras que dice “yo” y cuenta la vida de sus habitantes, y a veces en la primera persona del plural, como una voz comunitaria que dice “nosotros” y narra la historia de un sujeto colectivo. En el centro del poblado, y de la trama, descansa un fuereño, el general Francisco Rosas, jefe militar que acaba por operar como cacique y gobernar a todos salvo a la mujer que ama, la imponente Julia Andrade. Debajo de él se suceden otros pocos militares y, más abajo, una nómina más o menos previsible de pueblerinos: el cura, el poeta, el loco, algunas prostitutas, un puñado de familias acomodadas y, claro, un pícaro que, coludido con los militares, se enriquece a medida que Ixtepec se arruina.

Es bastante fácil, y provechoso, leer esta novela al lado de otras novelas sobre la Revolución mexicana. Allí, dentro de esa tradición, vaya si destaca –no como un documento más “realista”, o más “crítico”, sobre el movimiento revolucionario sino como un documento otro. Un poco a la manera de Cartucho (Nellie Campobello, 1931), Los recuerdos del porvenir esquiva las versiones heroicas, mitologizantes, de la Revolución y, en lugar de prodigar héroes y batallas, se ocupa de los efectos del proceso posrevolucionario en un pueblo marginal. A ello suma por lo menos otros dos elementos: una clara voluntad de deconstruir el discurso oficial (“el nuevo idioma oficial, en el que las palabras ‘justicia’, ‘Zapata’, ‘indio’ y ‘agrarismo’ servían para facilitar el despojo de tierras y el asesinato de los campesinos”) y una pizca de esa paranoia que tiempo después afligiría las declaraciones públicas de Garro y que aquí da con frecuencia en el blanco: “Había intereses encontrados y las dos facciones en el poder se disponían a lanzarse en una lucha que ofrecía la ventaja de distraer al pueblo del único punto que había que oscurecer: la repartición de las tierras”.

También es posible, y sensato, leer esta novela al interior de otro archivo: el de las novelas latinoamericanas sobre el conflicto modernidad/tradición. Lo que se cuenta en las casi trescientas páginas del libro es, de algún modo, sencillo: el avance del Estado nacional, acompañado de su ejército y sus nuevos capataces, y la terca pero vana resistencia de las élites locales. Desde cierto punto de vista podría decirse que la novela adopta una postura progresista ante el asunto: se solidariza con las víctimas de la violencia “modernizadora” (indígenas, zapatistas, pueblerinos) y parece clamar por una comunidad nacional en la que puedan coexistir distintos tiempos y espacios y saberes. Desde otra perspectiva puede afirmarse casi lo contrario: la voz narrativa no se salva de arrastrar tópicos conservadores (la idea del edén subvertido, por ejemplo) y de idealizar las comunidades tradicionales, con todo y sus curas y sus viejos burgueses terratenientes.

Léase el libro desde otros enfoques, al interior de otros archivos, y se verá cómo también destaca en esos casos: ya dentro de la narrativa sobre la guerra cristera, ya por su galería de personajes femeninos empoderados, ya debido a esa mezcla de realismo y fantasía que de algún modo se anticipa al realismo mágico. Ninguna de sus dimensiones, sin embargo, resulta más contemporánea que la estrictamente política. Dicho de otro modo: Los recuerdos del porvenir es, entre otras cosas, un relato sobre el poder y la comunidad y como tal arrastra una noción de lo que es y debe ser la política –una noción muy distinta a la que defienden hoy los liberales y que, para decirlo pronto, privilegia, antes que la negociación y el consenso, el antagonismo y el conflicto.

En la primera mitad de la novela la voz narrativa se detiene una y otra vez para lamentarse de lo mismo: el tiempo parece haberse suspendido en el pueblo. Dice Ixtepec:

En esos días yo era tan desdichado que mis horas se acumulaban informes y mi memoria se había convertido en sensaciones. La desdicha como el dolor físico iguala los minutos. Los días se convierten en el mismo día, los actos en el mismo acto y las personas en un solo personaje inútil. El mundo pierde su variedad, la luz se aniquila y los milagros quedan abolidos. La inercia de esos días repetidos me guardaba quieto, contemplando la fuga inútil de mis horas y esperando el milagro que se obstinaba en no producirse. El porvenir era la repetición del pasado. […] Como en las tragedias, vivíamos en un tiempo quieto y los personajes sucumbían presos en ese instante detenido. Era en vano que hicieran gestos cada vez más sangrientos. Habíamos abolido el tiempo.

¿Cómo entender esto? ¿Cómo explicar que el pueblo se lamente de la inmovilidad del tiempo, de la idéntica repetición de las horas, cuando es obvio que ni el flujo de días y meses ni el movimiento expansivo del Estado se han detenido? No es que no pase nada en Ixtepec: hay persecuciones y fusilamientos y, en el proceso, una nueva élite destruye y sustituye a otra. Lo que ocurre es que hay acontecimientos, muchos y de pronto brutales, pero no un Acontecimiento –el gran evento, la Revolución, ha quedado atrás y ahora se viven tiempos de estabilización y reflujo. Así, no es el tiempo sino la política lo que se ha suspendido: hay actividad pero no hay conflicto entre las partes que componen la comunidad ni sujetos colectivos capaces de desafiar el estado de las cosas. En vez de política, prevalece lo que Jacques Rancière ha llamado policía: las labores jurídicas, administrativas y de seguridad necesarias para mantener un determinado orden social. En lugar de conflicto, hay pura y simple dominación: la tiranía de una parte sobre las otras.

Si la primera mitad de la novela describe el quieto orden de la dominación, la segunda pone en escena el desorden, el disenso, la política. Han pasado algunos meses desde el día en que Julia abandonó a Rosas (hecho con que cierra la primera parte del libro) y lejos, en el centro del país, Calles ha declarado la guerra a la iglesia católica. Los habitantes de Ixtepec no presumen de ser vehementemente religiosos, pero las noticias sobre la insurgencia cristera sacuden a todos y activan de golpe eso que estaba apagado: la ilusión política, la convicción de que el estado de las cosas no es irremediable y puede ser resistido y hasta reconfigurado. Las calles de Ixtepec se encienden en un instante: “Me invadió un rumor colérico. […] Una ola de ira inundó mis calles y mis cielos vacíos. Esa ola que no se ve y que de pronto avanza, derriba puentes, muros, quita vidas y hace generales.” Los habitantes tejen de un momento a otro inesperadas alianzas (“Llegaron las señoras y los señores de Ixtepec y se mezclaron con los indios, como si por primera vez el mismo mal los aquejara”) y, ya recobrada su agencia, traman un plan: distraer con una fiesta a los militares para que el cura local puede huir y encontrarse con las milicias cristeras. Es el momento de la política, del conflicto entre las partes, y por lo mismo todo se transfigura: los hombres y las mujeres de Ixtepec, antes previsibles y un tanto caricaturizados, se tornan misteriosos (mantienen, por ejemplo, un doble discurso: uno para ellos y otro para las autoridades) y el pueblo entero se vuelve “humo” y se escapa “entre las manos” de los militares.

¿Es necesario decir que la alianza entre los indígenas y los mestizos dura poco, que la ilusión política de algunos se extingue rápidamente y que la guardia militar termina desmembrando, con cierta facilidad, la efímera resistencia? ¿Es necesario agregar que, una vez aplastada la insurgencia, vuelven los fusilamientos y el Estado posrevolucionario continúa su marcha? Aunque las últimas páginas relatan el fracaso de la resistencia popular, la novela no concluye con una nota pesimista, desencantada, y menos con un llamado a abandonar las protestas, resignarse al estado de las cosas y ocupar mansamente un lugar en el orden existente. Al revés: lo que la novela deja claro es que solo donde hay conflicto hay política, que solo la efervescencia civil y la expresión radical del disenso pueden impedir que el tiempo de la dominación militar y económica se congele y perpetúe.

Al final es como si la novela deslizara la misma pregunta que hoy recorre las calles y plazas de numerosas ciudades: ¿cómo lograr que las insurrecciones ciudadanas se extiendan, resistan y tengan efectos perdurables?

(Publicado en Confabulario el 25 de agosto.)